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Si el conocimiento que Occidente tenía del Islam era ridículo, aquel del mundo musulmán sobre Occidente era mucho más consistente.  La literatura hispanoárabe estaba llena de informaciones útiles sobre el mundo de los -francs- y de la península italiana.  Los relatos de Mas' udi  (hacia el 950) y del magrebí Al Bakri (del siglo XI), las obras de Al-Idisi (que vivió bajo los normandos de Sicilia en el siglo XII), Ibn Said Al-Andaluz (un musulmán de España emigrado a Oriente), Al Qazwini (de finales del siglo XIII) y Rashid Al-Din (un judío convertido hacia el 1300) nos abastecen de informaciones sorprendentes sobre el pasado de los francs, aun cuando dejan importantes lagunas, principalmente sobre el cristianismo.

Así, y aunque de manera dispersa, el mundo musulmán había acumulado algunos conocimientos sobre el mundo de los francs, pero Occidente ignoraba todo o casi todo sobre la religión islámica.  Ahora bien, aquella había llegado entre los  siglos VIII y XIV a un alto nivel de refinamiento del cual Occidente no tenía ni la menor idea.  Ningún dominio científico quedaba sin explorar por los sabios musulmanes. Al-Khawarizimi (750-850) para las ciencias matemáticas, Musa Ibn Sakir y sus hijos Mohammad,. Ahmad el-Haan, Al Kindi Abu Nasr al-Farabi (872-950), Ibn Yunus (muerto en 1909), Ibn al-Haytham (965-1036), Abu Rahyan Muhammad, Ibn Ahmad al Baytruni (973-1048), U Khazin e Ibn Masu'd al Sarazi (1236-1311) para la física, Ibrahim Ibn Habib al Farazi (muerto en 777). Abu al Tayyib Sind Ibn Ali (Siglo IX), Al-Battani (850-829), Ibn Kathir para la astronomía. Ibn Ahmad al Majriti (el madrileño), Ibn Sina (980-1030), Al-Makdisi (siglo X), Ibn Jazlah (muerto en 1080), Alí Ibn Irfa'al-Ras's (muerto en 1197), Al-Iraqí (siglo XIII), Al-Jildaqi (muerto en 1361) para las ciencias químicas y Al-Abbadi (807-877), Al-Razi (850-912),               Al-Ahwazy (muerto en 940), Al-Zahrawi (nacido en 939), Ibn al-Haytham, Ibn Sina (Avicenne, 980-1036), Ibn Jazlah (muerto en 1080), Ibn Abu Al'Ala'Ibn Zahr (1091-1162), Al-Gafiqi, Ibn Al-Baytar (1197-1248), Ibn al-Nafia (1210-1298), Al Kurbi (siglo XIV), Khadir Ibn Hajji Ali Bassa (siglo XIV) y Al-Antaki (muerto en 1599) para la medicina y las ciencias farmacéuticas.

De esta manera, saliendo del primer milenio -escribe Thierry Hentsch-, el espíritu de inventiva y curiosidad de las elites musulmanas, su gusto por la explicación racional y por el método experimental, la suma de sus conocimientos contrastaban con el retraso místico de la cristiandad occidental, con la ignorancia de la caballería, en la cual sus jefes llegaran incluso a enorgullecerse de su analfabetismo-.

Con las cruzadas, la rivalidad Oriente/Occidente se transforma en la oposición Islam/cristianismo.  En adelante ya no será el moro el enemigo de Occidente, sino el musulmán, enemigo de los cristianos de Oriente.  El proyecto real es el de consolidar el papado en la lucha contra el poder temporal del Santo Imperio Romano Germánico-.  Predicando las Cruzadas contra los musulmanes, es el propio poder del Papa Urbano II el que se fortalece.  Por primera vez el musulmán aparece como infiel, -profanador de Lugares Santos- y anti cristiano-.  Para movilizar los ejércitos, hacía falta un enemigo detestable y una causa justa.

Que vergüenza sería para nosotros- se decía Urbano II en el sermón de Clermont (1095) -si esta raza infiel, despreciada en toda justicia, degenerada de la dignidad del hombre y vil esclava del demonio, se llevara consigo al pueblo elegido de Dios todopoderoso-.

El llamado a las Cruzadas opera un cambio notable en la historia de las mentalidades medievales; los temas de la guerra justa y santa (desarrollada por el papa Alejandro II en 1063) y del perdón de los pecados (el papa Juan VIII habría asegurado a los obispos francos que el reposo de la vida eterna sería acordado a todos aquellos que murieran combatiendo contra los paganos), suscita un entusiasmo considerable ya que desde 1096 la primera Cruzada se había lanzado en dirección a los Lugares Santos, dirigida por Pedro El Ermita.  -Con la cercanía de los combates -comenta Ph. Senac- el sarraceno se instala en las psicologías-.

Así, la línea imaginaria entre el Occidente cristiano y el Oriente musulmán queda trazada y no podrá borrarse sino en raras ocasiones.  A la imagen peyorativa del musulmán que intenta propagar el papado, se agrega aquella, también denigrante, sobre la religión islámica, descrita como una religión bastarda, llamada a destruirse por sí sola.

Esta imagen fue tan bien cultivada a lo largo de la Edad Media, que constituyó, sin duda, parte del inconsciente colectivo occidental.

Veamos qué otros modos de representación cohabitaron con la imagen extremadamente negativa propagada sobre todo por la iglesia y el papado.  Los mercaderes venecianos y genoveses adoptaron actitudes que muchas veces los diferenciaron de aquellas predicadas por la Iglesia.

No dudaron, por ejemplo, en enfrentar el embargo sobre los productos estratégicos impuestos por el IV Concilio de Latran (1215); lo que hace decir a Maxime Rodinson: Apegados como lo eran a su fe cristiana, los mercaderes europeos que mantenían relaciones comerciales con el mundo musulmán no podían  compartir las ideas sumarias que se hacían sobre dicho mundo en otros medios de Europa.

Paradójicamente, en detrimento de esta imagen en general negativa, a medida que los combates se prolongan en Oriente entre Cruzados y Musulmanes, terminan observándose ciertas cualidades en el enemigo musulmán, que contrarían  la imagen dominante.  Las virtudes militares que excitan tanto la imaginación de las sociedades feudales se concentran alrededor de un hombre, el Sultán ayyubide Saladin (1138-1193), vencedor de los cruzados.  Su bravía y su espíritu caballerezco, así como su cortesía, hacen de él el héroe de una serie de obras literarias (la novela de Matton, la Canción de Guillermo de Orange, etc.).  El cambio de mentalidad es sorprendente: el infiel a quien se había aprendido a odiar muestra ahora ejemplo de su fe, de su tenacidad en el combate y de su compasión en la victoria.

A partir del siglo XIII, Oriente comienza a perder su fuerza.  La relación de fuerzas se da vuelta, la reconquista española reduce el Imperio Árabe a una zapa.  El descubrimiento de América prepara la supremacía de la Europa atlántica sobre la mediterránea.  En cuanto al descubrimiento de la ruta del Cabo, desplaza las rutas comerciales y priva a los musulmanes de las ventajas del comercio de tránsito.  El Mediterráneo pierde su centralidad.  Los musulmanes árabes se desintegran frente al Imperio otomano que emerge.  Tales cambios van a determinar la mirada occidental sobre el Oriente musulmán a partir del siglo XV-XVI.  Si el antagonismo religioso pierde su agudeza, no desaparecerá del todo, ya que el Islam, a través del Imperio Turco, vuelve a convertirse en una plaga; los viajes de información se multiplican en Oriente.  Los relatos de viajes son verdaderas joyas del género y constituyen un material de análisis de primer orden.

Sin embargo, las informaciones recogidas tienen un solo objetivo: afirmar la supremacía intelectual y del arte de gobernar occidentales.  Lo primero que se busca es probar el destino particular y singular de Europa y sus raíces helénicas.  De esta manera, la religión no será más el lugar de oposición de Oriente/Occidente, sino la diferencia político-cultural.  La lectura del Príncipe de Maquiavelo es, a este respecto, bastante clarificadora.  Así, al apropiarse de la herencia helénica, el Renacimiento se enlaza mitológicamente a la antigüedad clásica, poniendo en su lugar la noción de una cierta continuidad histórica cortada por el hoyo negro del medievo.  Haciéndose, la civilización judeocristiana deja al margen desde el punto de vista de la ciencia, no solamente el Oriente islámico que había controlado el Mediterráneo del siglo VII al XIV (lugar de la creación científica y cultural durante mucho tiempo), sino también el Imperio Bizantino (nueve siglos de historia mediterránea), donde la caída (Constantinopla, 1453) trae el remordimiento oculto de la historia europea al haber abandonado al Islam turco un dominio cristiano sismático, al rechazar la preponderancia de la Roma Pontificia,  fuente de toda soberanía durante la Edad Media.

De esta manera, al enlazarse a la herencia helénica de acuerdo a la filiación Grecia antigua-Roma-Europa feudal después capitalista, la tesis eurocentrista arranca la Grecia antigua del verdadero seno en el cual se desarrolló, que es precisamente Oriente, anexando arbitrariamente -el helenismo a la europeidad-.  De este modo, los dos mil años que separan la Antigüedad griega del Renacimiento europeo son considerados como una -transición brumosa-; la única función de la civilización bizantina y sobre todo la árabe-islámica, quedó limitada a la transmisión de la herencia griega.  Martín Bernal ha demostrado cómo la -helenomanía-  del Renacimiento, y más tarde del siglo XIX, procedió de una -fabricación durante  la antigua Grecia- de un mito -del ancestro griego- lo que alimentó -el racismo del movimiento romántico-.  También nos recuerda que los antiguos griegos fueron perfectamente conscientes de su pertenencia al área cultural del antiguo Oriente.

La anexión de Grecia a Europa decretada por los pensadores del Renacimiento y después por Byron, Hugo (el niño griego) y todo el siglo XIX, es la preparación del arbitrario corte Norte-Sur del Mediterráneo. -corte que suele sugerirse como perramente, como obvio, inscrito en la geografía (por lo tanto, por abuso, deductivo e implícito: inscrito en la historia).  En lo sucesivo, Oriente será visto no como malo, pero sí como diferente.  El Mediterráneo se convierte en una barrera entre el Progreso y el Inmovilismo, la Racionalidad y la Metafísica, el Estado Nación y el Imperio Turco o el reino islámico.

Al apropiarse del helenismo y del cristianismo (oriental en sus orígenes), Occidente creó un Oriente mítico, donde los caracteres han sido tratados como invariables, definidos simplemente por oposición a los caracteres positivos y dinámicos en Occidente. La imagen de este inverso constituye un elemento esencial del eurocentrismo, tan bien analizado por Samir Amin, Edwards Said, Thierry Hentsch y Claude Liauzu. Eurocentrismo que señala Georges Corm cuando escribe que -Oriente  es un espejo en el cual Europa puede contemplar mejor su superioridad-.

El oriente de la diferencia

A partir del siglo XVII-XVIII el sentimiento de superioridad y de verdad se conjugan en Occidente con una supremacía política y de progreso técnico.  Y, al decir de Hicham Djait: -El mundo encuentra por fin su eje, ya que la fuerza y la cultura coinciden ahora con la verdad-.  Oriente no es más una amenaza.  Se convierte en un objeto de curiosidad; los viajes se multiplican. (Pitton de Tournefort, Antoine Galland, Jean Thévenot).  Para el europeo del siglo XVIII, el viaje a Oriente apunta de una manera más o menos consciente a confirmarse en su propia identidad… Se trata de ir hacia la diferencia para asegurarse a sí mismo.

A la Europa de la vitalidad, del movimiento, se opondrá un Oriente arcaico e inmutable.  Se prepara el terreno a la dicotomía clásica: modernidad-tradición, que ha viciado los análisis sobre el subdesarrollo hasta nuestros días ocultando la verdadera visión histórica.  En lo sucesivo, Oriente se convirtió en un modo literario para Molière, Racine y todos los grandes escritores de la época.  El -gusto oriental- no dejó de lado casi ningún género literario.  Se asiste, de esta manera, a una verdadera fascinación por el Islam, ora atracción ora repulsión, tan bien descrita por Maxime Rodinson.

Con el siglo XVIII, la mirada intelectual de Occidente sobre el Islam y el Oriente se diversifica.  La visión popular oscila entre la imagen de un Oriente espléndido, maravilloso, y la de un Oriente lascivo (de Las Mil y una noches), cruel (Alí Babá y los cuarenta ladrones).

Pero en el conjunto, fue a lo largo del siglo XVIII cuando la mirada occidental sobre el Islam se volvió más comprensiva.  Fue a lo largo de dicho siglo, en efecto, cuando Boulainvilliers publicó (1730) la vida de Mahoma, en un intento, junto con el arabista Reland en Holanda y Oekley en Inglaterra, de enderezar la imagen negativa del Islam en Europa, así como de rehabilitar a los árabes en la historia.  Pero fue también el siglo de Voltaire, para quien el profeta de los musulmanes es fanático, violento y salvaje.  De hecho, no era tanto el Islam lo que Voltaire buscó envilecer, como el fanatismo religioso cristiano que quería denunciar.  Claro que al elegir al Islam como mira de sus críticas, lograba ponerse a cubierto de las represalias de la Iglesia.

Con Montesquieu, el Islam no será más simplemente fanático.  Será también despótico.  De esta manera, se encontraba en las antípodas de Occidente la pareja Oriente/Occidente toma su forma más acabada. Así se insinúa en El Espíritu de las Leyes, aunque de forma más patente en las Cartas Persas. Para Montesquieu, el despotismo corresponde a una realidad profunda, inmutable incluso, de Oriente. ¿No escribió acaso que -el poder debe ser siempre despótico en Asia 'en donde reina' un espíritu de servidumbre que no le ha abandonado jamás?

A pesar de la crítica de Voltaire sobre la teoría del -despotismo oriental- ligado al clima caluroso, y la refutación sistemática del arabista Anuetil-Duperron del concepto de        despotismo oriental, las ideas de Montesquieu gozaron de una extensa audiencia, siendo incluso actualizadas, en el siglo XIX, por el libro de Karl Wittfogel sobre           Despotismo Oriental.

En total, durante el Siglo de las Luces nadie se contentó con denigrar, acusar y envilecer el Oriente.  Se buscó explicarlo en su diferencia y su inamovilidad.

Eran los comienzos de la sociología del Oriente contemporáneo, aquel para el cual el mundo del Islam es el de la -modernización imposible-.

Oriente: Objeto de conquista

La expedición de Bonaparte a Egipto y Palestina marca un cambio importante dentro de las relaciones Oriente-Occidente. Es el comienzo de la vía colonial. Oriente, hasta entonces objeto de curiosidad, se convierte en clave geopolítica, punto de mira de todos los apetitos, terreno de prueba de poderes ávidos de confirmación. En síntesis, un objeto de conquista.  Occidente no observa ya, sino que codicia.  -No busca más confirmarse por el repliegue defensivo, sino por la explosión ofensiva-.  Hasta el siglo XIX, Europa ha ido tomando consciencia de ella misma, oponiéndose al Islam árabe.  A partir del siglo XIX, busca construirse dominando a este último, invirtiendo en sus tierras, explotando sus recursos, folclorizando su cultura.  En pocas palabras, colonizándolo.

A partir de este momento, los viajeros occidentales en Oriente ya no serán más aquellos aventureros en busca de exotismo y de saber, sino hombres que salen a sondear el Oriente.  El relato de viaje de Volney sobre Egipto y Siria (1787) presenta todas las características de un estudio analítico.

Aun cuando Volney no tenía la intención de limpiar el terreno para ayudar al cuerpo expedicionario francés en su aventura egipcia, nadie pone en duda que la información por él recogida tuvo que haber facilitado la penetración colonial en Oriente.

Luego, el siglo XIX es justamente el comienzo de ésta.  Todo lo que de peyorativo había sido dicho y escrito sobre el árabe, el musulmán, el Oriental, durante los largos siglos que le precedieron, salió desempolvado y listo para servirse.  Hasta entonces, el árabe, el turco y el musulmán habían sido quizás odiados, pero rara vez menospreciados. Eran adversarios ideológicos, pero se les reconocía una cierta superioridad científica (al menos hasta el siglo XIV) y algunas cualidades humanas.  Con el colonialismo, todo se mueve dentro del desprecio.  Para probar la superioridad de Occidente debe denigrarse al Oriente que se avasalla, envilecer su religión que resiste, menospreciar la gente a la que se coloniza.  La apología incondicional de si va de la mano con la diabolización del otro. Todos los procedimientos son buenos: se minimiza el aporte científico de los árabes que -no hicieron más que adaptar el conjunto de la enciclopedia griega (Ernest Renan)-. Aún cuando el mismo Renan reconoció cierta fineza a los árabes (-los árabes, esa raza tan fina-), persiste en precisar que se trata de una raza incompleta.  Este término tan evocador recuerda las peores teorías antisemitas de la época.

Fue con Renan, Sylvestre de Sacey, Chateaubriand y Gerard de Nerval cuando Oriente fue el oriente del menosprecio.

Así Chateaubriand está persuadido de que las características de esos pueblos son la crueldad, el fanatismo, el servilismo.

En su Memoria sobre Oriente, se opone a la alianza franco-turca, y en el momento en que Europa está preocupada por el avance ruso, considera que la Turquía musulmana es la verdadera enemiga.

Más tarde, Renan dejará libre curso a sus prejuicios sobre los árabes y el Islam, primero en su tesis consagrada a Ibn Roshd (Averroes y el averroísmo, 1852) y luego en su célebre conferencia del 29 de marzo de 1883 sobre el islamismo y la ciencia, en la que sostendrá que el Islam produjo sociedades teocráticas, negación misma de la inteligencia.

El fenómeno del colonialismo europeo condicionará, en el siglo XIX, toda la visión de Europa.  El etnocentrismo menospreciante justifica la dominación. El sentimiento de superioridad es tal en Occidente que todo el mundo no occidental se ve desvalorizado, destituido de su dignidad histórica, reducido a un nivel periférico y folclórico.  -La visión de Occidente del mundo podía plantearse como visión del mundo-, escribe Anovar Abdel Malek.

Raros fueron los hombres de ciencia que escaparon a este sentimiento de superioridad.  El poeta Lamartine no fue una excepción de la regla.  -Ya es hora, digo yo, de lanzar una colonia europea en aquel rincón de Asia (el Levante)… haciendo de los cristianos de Oriente su medio de acción, administración y reclutamiento-.

En cuanto al orientalismo de la época colonial, a excepción de raros casos, aparece más como un discurso sobre el otro, el árabe, el oriental, el musulmán, producido a lo largo de un intercambio desigual, en una situación determinada, que como una voluntad real de aprehender al otro para comprenderlo y no para domesticarlo.

De este modo, el período colonial alimentó toda una serie de clichés que continúan hasta nuestros días y que le sobreviven.

No obstante, la visión  que Occidente tiene de Oriente es múltiple.  En efecto, si en Francia se usa a Oriente como espantapájaros, luego como cincel, en Alemania el romanticismo naciente lo ve como -indispensable complemento- de la civilización occidental.  Se vive como buena la tentativa de sincretismo Oriente/Occidente en los casos de escritores y de filósofos alemanes (tales como Novalis, Schlegel, Goethe, Görres, Ritter, Herder y Schopenhauer).  Pero es sobre todo en el caso de Hegel donde Oriente toma una nueva dimensión.  Al conceder que los árabes habían cultivado -las ciencias y las artes-, y que la ciencia y los conocimientos, fundamentalmente filosóficos, habían venido a Occidente vía los árabes-.  Hegel no se separa en ningún momento de su tesis principal, que consideraba el Islam como una llama efímera dentro de la historia universal, una página volteada, un momento ya pasado.  -Actualmente, escribe él, el Islam ha desaparecido del dominio de la historia universal y entrado en la indolencia y la calma de Oriente. En suma, comenta Thierry Hentsch, no hay en Hegel prejuicio frente al Islam, ya que aquello que la sociedad islámica tenía de bueno ha sido apropiado por Occidente.




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El Imaginario Colectivo Occidental sobre Oriente    ( hoja 2 )