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Así la diferencia de percepción que de Oriente tienen Francia y Alemania hacia finales del siglo XIX y principios de XX se explica en gran medida por las rivalidades económicas y geopolíticas entre las dos potencias europeas.  En efecto, Alemania, potencia continental por excelencia (land power), desarrolló importantes intereses económicos dentro del Imperio Otomano para poder compensar la falta de colonias en relación a las potencias marítimas (sea powers) que eran Francia e Inglaterra.  No es casualidad que Alemania y el Imperio Otomano se hayan encontrado del mismo lado durante la Primera Guerra Mundial.

Durante más de un siglo, Oriente sufrió el poder colonial. El nacionalismo egipcio de Mohamed Ali fue demasiado veleidoso como para tomar el relevo del reto. Hacia finales del siglo XIX, la balcanización del mundo árabe era total.  Franceses e ingleses se apropiaron de las porciones más grandes del -pastel árabe- italianos y españoles debieron contentarse con las migas: en el Sahara y en Trípoli. De todas maneras la ocupación tuvo varias caras: llamándose protectorado en Marruecos, colonia en Argelia, mandato en Palestina.

La extraordinaria expansión colonial europea, emparejada a los grandes éxitos en el plano económico, científico y cultural, permitió al capitalismo europeo producir una teoría social por la cual la historia de Europa apareció como excepcional y singular, postulando que el capitalismo no podría haber nacido sino en Occidente y que el capitalismo occidental no puede reproducirse más allá.

De este modo, no se visiona otro futuro para el mundo que aquel que surge de las exigencias de su occidentalización, es decir, la adopción de todas las recetas que han creado la superioridad occidental: libertad de empresa y de mercado, laicicidad y democracia electoral pluralista. Por otra parte, la característica principal de la colonización no fue tanto la dominación política, económica y cultural, sino más bien la imposición de un nuevo código simbólico.

Bajo esta perspectiva, Europa no parece tener mucho que aprender de los otros. Así, la propuesta de la excepcionalidad del recorrido europeo está en los fundamentos mismos del eurocentrismo que, sobre todo desde el siglo XIX, enfrenta Occidente y Oriente en términos  absolutos y permanentes.

Oriente y la rebelión

La Europa del siglo XIX se cubre de una atmósfera general de optimismo: poderosa, conquistadora, confiada y singular. Y, como si fuera poco, se ve como el modelo para todo, revestida de una misión civilizadora, de un destino manifiesto. Se trataba de llevar consigo la carga del hombre blanco (the white man's burden) para propagar su mensaje universal. La idea de cuestionar su mensaje, su modelo y su misión civilizadora no podía parecer más estrafalaria.

Ahora bien, desde la expedición de Bonaparte a Egipto hasta la partida del último soldado francés de Argelia en 1962, pasando por la nacionalización del Canal de Suez en 1956, Oriente quedó, de alguna manera, rebelde e indomable. Cierto es que también Mohammad Ali de Egipto y los primeros pensadores del Renacimiento Árabe (Al-Nahda) intentaron tomar de Occidente los elementos de modernización material que habían hecho su fuerza, aunque tan solo fuera para enfrentarlo mejor.  Que todas las grandes corrientes de pensamiento (fundamentalismo islámico, liberalismo burgués, socialismo estatista) que se sucedieron a lo largo de los siglos XIX y XX hayan fracasado en la presentación de una alternativa realista y racional a la occidentalización ha sido un tema muy discutido en el mundo arabo-musulmán.  Lo que es importante de resaltar aquí es que, desde hace casi dos siglos, Oriente se pregunta sobre su propia identidad y resiste al aparato compresor de la modernidad impuesta y no dirigida.

Así, es la imagen del Oriente rebelde la que habita el inconsciente colectivo de Occidente.  A la imagen de Oriente inmutable e inmóvil, sucede aquella del Oriente que hierve, el de la efervescencia, de la revuelta, del sobresalto, en síntesis, el Oriente del despertar.

Una manifestación de integristas musulmanes por las calles de El Cairo, la inauguración de una mueva mezquita en una ciudad europea, los estudiantes que usan el fular islámico, todo parece dirigido a sembrar el pánico en Occidente. Ahora bien, de nuevo en el armario de los viejos clichés, los viejos prejuicios, todos aquellos que catorce siglos de historia han legado a Occidente.  Al peligro amarillo, al peligro rojo le sucede, sobre todo después de algunos años, el peligro verde, el del Islam.

Que el integrismo musulmán represente una corriente minoritaria y combatida en la misma tierra del Islam, que el terrorismo no sea una especialidad islámica, que la gran mayoría de los musulmanes solo quieran vivir en paz al igual que todos los pueblos del mundo, que la inmensa mayoría de inmigrantes solo busquen estar en armonía con las sociedades que los acogen, todo esto no parece calmar los temores.  En la imaginería popular occidental, Oriente se ha convertido, sin duda, en sinónimo de violencia.

Para comprender el Oriente de la violencia, se recurre a la teología islámica.  Se trae a la memoria la importancia del Islam durante la Djihad (la Guerra Santa).  Se hace incapié en la predilección de lo árabe por el terrorismo y el asesinato.  En síntesis, los análisis, según G. Corn, se inscriben en un marco fuera de la historia, fuera de la geografía, fuera de la sociedad y fuera de toda especificidad sociológica.

Para explicar la violencia y el fanatismo bajo otros cielos (Irlanda, India, Angola, Colombia, Perú y África del Sur, etc.) se hace uso de todas las disciplinas y ciencias humanas: antropología, historia, geografía urbana, economía, sociología, politología, etc.).  Pero el Islam y el Oriente, tanto como la Edad Media, son el hoyo negro, una especie de zona de tinieblas, impenetrable. Lo que allí sucede corresponde al dominio de la barbarie y del fanatismo.

Para mostrar el absurdo de tal renuncia de las ciencias humanas en lo que concierne al mundo del Islam, es suficiente imaginar lo que sería un occidentalismo árabe pendiente del orientalismo europeo, que sólo viera a Occidente a través de la literatura apocalíptica de grupos terroristas violentos de Occidente: Brigadas Rojas, Badem Baader, Acción Directa en la extrema izquierda, grupúsculos violentos de defensa de los valores occidentales de la extrema derecha, que han sembrado también el terrorismo en diversos países de Europa.

Si estos grupos no representan a todo el Occidente, los integristas musulmanes no representan tampoco a todos los musulmanes, ni los terroristas de piel oscura a todos los árabes.

El oriente de la inquietante extranjería

¿Cómo puede explicarse una condensación tal de hostilidades, de desprecio de Occidente contra el Otro, el árabe, el musulmán, el oriental? ¿Por qué Oriente habita de esta manera la mirada de Occidente desde hace tanto tiempo?

A estas legítimas preguntas, Claude Liauzu sugiere una respuesta. Es porque Oriente es la -diferencia más cercana- de Occidente. Está solo separada por el Mediterráneo.  Mare nostrum para los romanos, mar de en medio de las tierras árabes. Lugar de pasaje, de intercambios, de imbricaciones, el Mediterráneo separa a la vez que une.  Es así que H. Djait dice que el Europeo y el Musulmán son adversarios íntimos, ya que no se odia a quien nos es realmente extraño.

Pierre Chaunu señaló expresamente lo siguiente: Si con los árabes nos chocamos, es que tenemos el mismo sistema de valores. En último caso, las relaciones son más fáciles con los budistas porque viven en otro planeta y, seguramente, la verdadera frontera está junto a ellos.

Freud precisaba, por otra parte, que la inquietante extranjeridad deber ser esta especie de lo aterrador, que se atribuye a las cosas conocidas desde hace mucho y desde siempre familiares.

Diferencia cercana, Oriente es el extranjero más íntimo. Occidente se fue constituyendo, por otra parte, tanto a través de estos intercambios y oposiciones con el Oriente que lo habita, como en función de sus propias estructuras. Así, de alguna manera, Occidente y Oriente han quedado indisolublemente unidos. De ahí los fantasmas sobre el otro y los miedos del otro.

Hoy en día, desde el estallido del Imperio del Mal en el Este, Oriente vuelve a aparecer como un espectro. Es el Oriente de la Inquietud. Resurge en la piel del quinto caballero, terrorista armado de una bomba atómica, o en la de los militantes barbudos del -FIS-, o aún más, en la de los inmigrantes clandestinos atraídos por las costas prósperas de Occidente.

Terrorismo, integrismo, inmigración, tales son, por ahora, las palabras claves que cubren la información occidental sobre Oriente. Las representaciones occidentales reactivan las imágenes de un Oriente eterno, eternamente guerrero, fanático, despótico. Es suficiente leer Le Regain Democratique, de Jean Francois Revel para darse cuenta hasta qué punto los estereotipos tienen larga vida.

¿Qué sucedería con Occidente si no tuviera enemigos? ¿Qué sería de él sin los bárbaros árabes u otros subdesarrollados que prueben, por lo negativo, la excelencia de su modelo?

Hay que reconocer de todos modos que estas imágenes ocultadoras del mundo árabe-musulmán han sido, en parte, alimentadas por el totalitarismo de las utopías islamistas de los grupúsculos integristas que, cuando les toca, satanizan a Occidente como ateo, materialista y eternamente imperialista.

Desde luego no es bajo el grito de -muerte a Oriente- o -muerte a Occidente- donde el Mediterráneo podrá volver a encontrar su equilibrio. Hay que terminar con estas grandes rupturas traumatizantes: Oriente/Occidente, Islam/Cristianismo, Norte/Sur, el semejante/el diferente, ellos y nosotros.

Para poder seguir es necesario, como condición, -romper el juego de las imágenes que se devuelven unos a otros y a través de espejos deformantes, europeos como musulmanes-.  Para esto, necesitamos una sociología y una politología que vuelvan a establecer, en primer lugar, -la existencia de pueblos situados en la geografía y la historia provincianas: hay que terminar con la abstracción islámica para comprender a estos pueblos en su especificidad humana multidimensional, aquella de la lengua, de los hábitos y las costumbres, en la diversidad de suelos étnicos y provinciales.

Conclusión

Se trata simplemente de señalar el peligro de la persistencia de los estereotipos así como las trabas que éstos constituyen para la comunicación intercultural. Obvio es que el mundo árabe no está exento de prejuicios hacia Occidente.  Sería por otra parte deseable deshojar esos libros escolares, hurgar en la literatura, sondear su discurso sobre Occidente para analizar su propio repertorio de prejuicios y estereotipos. Los pocos estudios hechos sobre este tema no demuestran sin embargo sentimientos unívocos, sino más bien ambiguos, hechos de rechazo y atracción, de amor y de odio. Meta y modelo, Occidente repugna al mismo tiempo que atrae. Repugna porque está seguro de sí mismo y por ser el que domina, pero atrae a causa de la amplitud misma del hecho, de su penetración y de sus proezas.

En la visión Occidental sobre Oriente, se encuentra esta dualidad rechazo/atracción.

Pero el sentimiento de rechazo, desprecio (rara vez la indiferencia), lo lleva hacia la fascinación, tanto más si el espectáculo que ofrece hoy en día el mundo árabe es triste.  Cierto es que siempre ha habido hombres, mujeres, escritores, poetas, artistas, orientalistas, historiadores y otros que han llevado el Oriente en ellos, que lo han rehabilitado y amado, y a veces hasta defendido con su propio cuerpo.  Massignon, Berque, Toynbee han representado y representan junto a millones de occidentales, una corriente minoritaria pero saludable.  Ellos representan el Occidente de la apertura, de la reconciliación, del diálogo, aquel instalado ya en el siglo XV por un viejo profesor de la Universidad de Salamanca llamado Juan de Segovia (1400-1460). Para ellos, el Islam no es ni la aurora de un mundo soberano (ninguno de ellos se convirtió al Islam), ni el crepúsculo de una vieja cultura.

Ellos criticaron la manera en que algunos usaban el Islam, cuidándose de denigrarlo como religión. En suma, aquellos hombres de letras y de ciencia para los cuales la realidad del mundo árabe-musulmán no es algo tan indescifrable como suele decirse, y para quienes no es recurriendo a explicaciones esencialistas y abstractas que puede llegarse a descifrarlo.

A este nivel, los medios de comunicación tienen sobre sí una gran responsabilidad. En efecto, si, para tomar sólo un ejemplo, los medios de comunicación hubieran movilizado tantas energías y recursos para explicar los orígenes de los conflictos que arrasan el mundo árabe, como el conflicto libanés o el conflicto árabe-israelí, o para demostrar la urgencia en atajar el azote de la marginalización económica y social del Sur del Mediterráneo, como lo hicieron -para el asunto Rushdie- o -los fular islámicos-, la paz en el Mediterráneo no hubiera estado sino mejor atendida. Pero sería sin duda pedir demasiado, cuando se conoce la dictadura que ejerce-el medidor de audiencia- sobre la información que, muy menudo obliga a los medios de comunicación a servir el mismo plato: fast food, que se come caliente y que se digiere rápido.

Lo que significa también la urgencia de aprehender el Oriente de otra forma que en términos de amenaza, de invasión. De tales fantasmas hablan hasta ciertos libros universitarios. Así en La Historia de la población francesa, publicada por las PUF en los comienzos de 1989, se preocupan del hecho de que el árabe pudiera convertirse en -una de las primeras lenguas de Europa- (p.549), y del -riesgo de islamización de la vida nacional (p.488)-.

Además del aspecto alarmista de tal propósito, ¿no hay acaso un reconocimiento de impotencia?, ya que se postula implícitamente que los cinco millones de árabes (inmigrados y naturalizados) o los ocho millones de musulmanes (creyentes y no creyentes) que viven en Occidente, tienen más posibilidades de islamizar la modernidad que Occidente, con sus grandes valores, modernizar el Islam. Que yo sepa, los millones de árabes que viven en Estados Unidos y en América Latina no han islamizado sus respectivos países, aún cuando participan de la vida política (Presidente Menem en Argentina), económica (la burguesía industrial y comerciante sirio-palestino-libanesa en América Latina) y cultural de sus países de acogida.

Es, por lo tanto, sobre todo en Europa donde se plantea, con agudeza, el problema de la alteridad árabe y musulmana, precisamente a causa de la proximidad geográfica (y por lo tanto cultural). De allí el peligro de una regresión al eurocentrismo, que transformaría el Mediterráneo en limo, cordón sanitario que separe la Europa civilizada de los nuevos bárbaros. 




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El Imaginario Colectivo Occidental sobre Oriente    ( hoja 3 )