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El impacto de la cultura arábiga en Occidente ha salido a la luz gracias en gran parte a la erudición occidental.  Ya en el siglo XVIII, el jesuita Juan Andrés había señalado en su Origen, progreso y estado actual de la Literatura Universal varios elementos de dicha cultura en la literatura europea.  En el siglo XIX, el orientalismo occidental comenzó a descubrir y destacar la herencia islámica, que, por su gran dimensión y calidad, se ganó la admiración de los eruditos.  Al avanzar la investigación y disponer de más materiales, los estudiantes ganaron conciencia de las aportaciones árabes a Occidente y de la interacción cultural en las varias disciplinas de la filosofía, literatura, astronomía, medicina, arte y arquitectura.  En su obra monumental, Introducción to the History of Science, Sarton expone la calidad y cantidad de tales contribuciones; y las obras de Asín Palacios, Ribera, González Palencia, Farmer, Nykl y The Legacy of Islam, escrito por destacados especialistas occidentales, también tratan de varios aspectos del influjo cultural árabe.

Si observamos un mapa mundial actual, no podemos dejar de constatar la enorme influencia que ha tenido el Islam en una inmensa parte del mundo.  Esta área se extiende desde Indonesia en el Este, hasta el océano Atlántico en el Oeste, y abarca partes de China, la India, la Unión Soviética, Afganistán, Irán y todo el mundo árabe.  El Islam dejó su huella en la cultura e instituciones de esos países  con diferente intensidad y sus adeptos sobrepasan los quinientos millones.  Solamente el mundo árabe -Iraq, Siria, Jordania, la península arábiga y los estados norteafricanos de Egipto, Sudán, Libia, Túnez, Argelia y Marruecos- cuenta con una población de alrededor de ciento treinta millones de personas de habla árabe y que están profundamente influenciados por el Islam y su cultura.

La cuestión de la influencia es difícil de calibrar y debemos, por tanto, aclarar su sentido.  En términos generales puede significar el contacto y ascendiente de una sociedad respecto a otra.  Para que esta influencia sea palpable son necesarios unos requisitos previos -primero y especialmente, una geografía que facilite el intercambio humano; y segundo, un contacto entre las gentes, que puede ser de tipo político, comercial o cultural.  Una vez existentes estos requisitos previos, podemos hablar de ósmosis, es decir, de dar y recibir.  En cierto modo, el proceso se convierte en un enfrentamiento entre dos sociedades, en el que una de ellas aventaja a la otra en algunos aspectos, al mismo tiempo que también recibe su influjo.  Ejemplos de esto pueden ser las confrontaciones de griegos y romanos con otros pueblos antiguos, y la confrontación de los árabes con Occidente en épocas medievales y modernas.  En los tres casos, unas minorías en contacto con pueblos de diferentes culturas y lenguas fundaron grandes imperios de enormes extensiones.  Invariablemente, al final, la minoría conquistadora sucumbió ante la mayoría, pero conservó ciertos rasgos propios que se convirtieron en el distintivo de su civilización.  Según estos procesos, nacieron culturas compuestas bajos las que podemos llamar Pax Hellénica, Pax Romana o Pax Arábica.

Los árabes del siglo VII eran una minoría primitiva y atrasada, pero durante los siglos VII y VIII consiguieron fundar un vasto imperio que se extendió desde el río Indo hasta el océano Atlántico, y desde el mar de Omán hasta los confines de Turquía y el Cáucaso, imperio que incluyó España durante casi ocho siglos, Sicilia durante más de doscientos años y Creta durante ciento veinticinco años. Su extensión fue mayor que la del imperio establecido por Alejandro Magno, o la del Imperio Romano en su momento cumbre.  Aunque los conquistadores sucumbieron ante las culturas de los territorios conquistados, conservaron tenazmente su lengua, el árabe, y su religión, el Islam, y estos dos elementos se convirtieron en los rasgos distintivos de su cultura, habiendo influido enormemente en la vida y el pensamiento de los pueblos arábigo-musulmanes a lo largo de los siglos.

La lengua árabe ha gozado en épocas medievales y modernas de un universalismo que puede ser comparado favorablemente con el de las grandes lenguas mundiales -el griego y el latín en la antigüedad; y el francés, el inglés, el español y el ruso en los tiempos modernos.  Y esto no sólo porque sus hablantes actuales son cerca de más de cien millones, sino también por su lugar en la historia y su importante papel en la sociedad arábigo-musulmana.  No sólo ha acompañado al Islam, que ha acrecentado su influencia en muchas partes del mundo, sino que también conserva una de las grandes literaturas mundiales.  En el medioevo, la arabización avanzó a la par que la islamización, y a veces la superó, ya que los no musulmanes -principalmente judíos y cristianos- emplearon el árabe como instrumento de expresión intelectual.  En cuanto al Islam, fue una continuación de la tradición judeocristiana.  Para el musulmán, el Islam es la realización y la culminación de la revelación divina; es religión, estado, cultura y norma de vida. Es necesario, llegados a este punto, estudiar los aspectos culturales, su formación de una unidad distintiva, y su subsiguiente impacto en Occidente.

En primer lugar, la cultura musulmana es una cultura mixta.  Surgió en los siglos IX y X como un poderoso río que debe su existencia a la unión y fusión de numerosos afluentes -es decir, a numerosos elementos orientales y occidentales.  Se originó en la península arábiga, siendo el árabe y el Islam sus rasgos más notables; y aunque modesta y primitiva en sus comienzos, ganó dimensión y profundidad con la expansión del Islam en los siglos VII y VIII, convirtiéndose en una de las grandes culturas mundiales.  Sus componentes tienen diversos orígenes:

1.- El antiguo Oriente Próximo, que abarca las culturas de los egipcios, sumerios, akkadios, fenicios, hebreos, pueblos arameo y siriacoparlante, etc.
Estos pueblos legaron mucho a la posteridad, y son importantes el alfabeto, el concepto de monoteísmo, las leyes codificadas y otras manifestaciones literarias y científicas.

2.- Grecia, cuya influencia se hizo sentir en las ciencias y la filosofía, que fueron traducidas del griego al árabe desde el siglo VIII hasta el X.  Las grades obras de los sabios antiguos fueron conocidas en árabe; Platón y Aristóteles en filosofía; Galeno en medicina, Tolomeo en geografía y Euclides en matemáticas, entre otros.

3.- Persia, cuyo influjo se hizo sentir por contacto directo en los tratados de historia y la literatura en la sabiduría que trata del gobierno y la conducta del gobernante.

4.- La India, que contribuyó con el famoso libro de fábulas Kalilah wa-Dimnah, y otras narraciones que llegaron a gozar de gran popularidad en la literatura mundial.  También aportó tratados de astronomía, máximas, muchos productos agrícolas, y los llamados números árabes.

5.- La China, que contribuyó con el papel y las técnicas para fabricarlo.

6.- Bizancio, que, aunque en guerra con el Islam, aportó muchos aspectos de sus instituciones.

Algunos eruditos destacan los elementos extranjeros en la cultura islámica, y tienden a negar a ésta cualquier tipo de mérito o valor explícito; y otros que se dignan concederle algún mérito, señalan a los grandes intelectuales del Islam, aduciendo que no fueron árabes.  Pero el discutir que nada hay nuevo bajo el sol, o que tal o cual persona es de tal o cual sangre, es vano y con conduce a nada.  Lo importante es que el ambiente intelectual y cultural tras el escudo del Islam permitió a todos los componentes de la sociedad participar y desarrollar sus aptitudes.  En este ambiente, prevalecieron una unidad de pensamiento y una perspectiva intelectual uniforme, que rebasaron las fronteras étnicas y religiosas.  Esta situación fue similar a la creada anteriormente por griegos y romanos, bajo cuya protección la cuenca mediterránea se convirtió en suelo fecundo para la civilización y el  intercambio de ideas.  Anteriormente a los griegos y romanos, otros pueblos habían tenido la preponderancia en esta área y habían sufrido enfrentamientos, no sólo en sentido militar, sino también cultural.  Habían impuesto su sello a los conquistados, y, al mismo tiempo, recibido de ellos muchos elementos produciendo así una nueva cultura cuyo éxito dependía siempre de su atractivo universal.  En esto consistió exactamente la naturaleza de la cultura islámica: tuvo carácter universal y atrajo a muchas gentes de diversos orígenes lingüísticos y culturales.  El mero hecho de que los pueblos arábigo-musulmanes tomaron mucho prestado e hicieron buen uso de ello tiene una importancia capital, ya que fueron capaces de forjar una síntesis cultural a la que revistieron de islamismo.  Es también importante el hecho de que los arábigo-musulmanes demostraron ser ávidos estudiantes que apreciaron y amaron grandemente la sabiduría.  Fueron perfectamente conscientes de su deuda para con otras gentes (por ejemplo, Aristóteles fue muy respetado y reverenciado como el primer maestro).

En los siglos IX y X, las ciencias en lengua árabe eran tan numerosas que los eruditos árabes sintieron la necesidad de clasificarlas según dos categorías principales: las ciencias árabes y las extranjeras traducidas al árabe.  Sus contribuciones fueron, por lo tanto, enormes -si no en cuanto a originalidad, sí en cuanto al cultivo y conservación de las ciencias de los antiguos sabios, y a la transmisión de éstas a Occidente.  Además, los eruditos arábigo-musulmanes trabajaron en los importantes centros urbanos de una civilización magnífica y refinada.  Fueron fundadas ciudades nuevas como Bagdad y el Cairo, que llegaron a ser famosas por su esplendor; y, en el siglo X, Córdoba con sus hospitales, universidades, maravillosas mezquitas y palacios, bibliotecas y baños públicos y hermosos jardines y paseos, aventajaba en brillo a Constantinopla.  Todas esas comodidades existían en las principales ciudades de la España musulmana, y ayudaron a crear el ambiente intelectual que produjo las más destacadas mentes andaluzas.

Es importante señalar que, mientras esta gran civilización gozaba de intensa actividad intelectual y florecimiento cultural, Europa atravesaba los llamados siglos de la superstición y la ignorancia, o período de transición, y permaneció indiferente a las voces de los grandes pensadores del pasado y a los enfoques metódicos y científicos.  Esta actitud duró desde tiempos de San Agustín hasta cerca del siglo XIII.  El hombre occidental se hallaba preocupado con el teocentrismo de la Iglesia, hasta el punto de descuidar el antropocentrismo del período clásico por considerarlo a falta de la Verdad Suprema.  Durante siglos, la verdad -dentro del contexto de la política eclesiástica- sólo pudo concebirse como la fe, en oposición a la razón.  Es más, la validez de esta última como instrumento capaz de percibir la verdad no ganó ascendiente hasta el siglo XIII, cuando el conflicto entre fe y razón fue virtualmente resuelto por Tomás de Aquino, que les debió mucho a los filósofos musulmanes, principalmente Averroes.

El proceso de cambio en Occidente comenzó a finales del siglo XI, cuando, mientras los pueblos musulmanes sufrían un retroceso en sus empresas, los países europeos hacían grandes avances en los campos político, social e intelectual.  El hombre occidental se alzó en su papel de conquistador y emprendió el camino de la secularización.  Los mercaderes italianos de Pisa, Venecia y Génova crearon su propia flota comercial, acabando así con el monopolio musulmán en el Mediterráneo.  El largo enfrentamiento entre musulmanes y cristianos comenzó a resolverse a favor del Occidente cristiano: en España, Alfonso VI no sólo conquistó la importante ciudad de Toledo en 1085, sino que consiguió convertir en tributarios suyos a todos los gobernantes musulmanes de la península; Sicilia cayó en manos de los normandos en 1091, y la Cruzada convocada en 1096 arrebató a los musulmanes la costa de Siria-Palestina.  Aunque estas conquistas fueron hechas en nombre de la religión, los gobernantes cristianos mostraron una notable independencia del hasta entonces estricto control eclesiástico.  Trabaron amistad con gentes de cultura arábiga e hicieron uso de ellos para la transmisión del saber árabe a Occidente.  Los occidentales comenzaron a investigar los factores responsables de los pasados éxitos del Islam y a entablar un diálogo de esclarecimiento.  Esto condujo a la traducción al latín de libros árabes sobre diversas disciplinas y a la subsiguiente fundación de universidades donde estas tradiciones fueron estudiadas y comentadas.

Las Cruzadas contribuyeron en muy poco a la transmisión de las ciencias a Occidente, pero su impacto en el modo de pensar y de vivir del hombre occidental no puede ser menospreciado. El largo contacto entre musulmanes orientales y cristianos occidentales, tuvo como resultado un amplio intercambio.  Los peregrinos, en su constante ir y venir, transportaron con ellos objetos de todas clases en orfebrería, textiles, tapicería, semillas, etc. Un hecho poco conocido es que Salah al-Din, el conquistador de Jerusalén, se convirtió en la personificación de la caballerosidad en Occidente, e incluso el Dante le libra del fuego del infierno en su Divina Comedia.

Por otro lado, Sicilia y España sirvieron de puente entre Oriente y Occidente, con los principales centros de transmisión en Palermo y Toledo, respectivamente.  En el siglo XI, Constantino Africano, renegado tunecino y monje, pasó varios años en Salerno, comenzando en 1070 la traducción de varias obras árabes al latín, inaugurando así un proceso que continuó bajos los reyes normandos, principalmente Roger II (1101 - 1154) y Federico II (1215 - 1250).  Ambos gobernantes son conocidos como los "dos sultanes bautizados en Sicilia", debido a la fascinación que sintieron por la cultura arábiga; y se rodearon de eruditos judíos, musulmanes y cristianos que se dedicaron a traducir obras árabes al latín. Aún más importante, Federico fundó la Universidad de Nápoles en 1224 y le concedió una cédula real, proveyéndola de un programa de estudios orientales, y animando a los eruditos a continuar sus investigaciones y estudios.  En esa universidad estudió Tomás de Aquino y se puso en contacto con el contenido de las obras árabes.


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La Herencia Islámica ( hoja 1)