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Simultáneamente se llevaban a cabo actividades similares en España.  En este país arabizado, bajo la ocupación musulmana durante siglos, los procesos de transmisión e intercambio cultural tuvieron sus mejores y más eficientes manifestaciones.  Aunque el poderío musulmán comenzó a declinar a partir del siglo XI, España continuó siendo centro de atracción para los eruditos ingleses, franceses, alemanes e italianos que vinieron a aprender árabe o a dedicarse a traducir.  Gobernantes cristianos como Alfonso VII (1126 - 1157) y sus sucesores alentaron las actividades intelectuales, y muy a menudo las patrocinaron.  A este respecto, la ciudad de Toledo ocupó el lugar de honor en el proceso de transmisión.  Su arzobispo Raimundo (1130 - 1150) reunió un grupo de traductores, fundando así una institución parecida a "la Casa de la Sabiduría" (Bayt al-Hikma) establecida por el califa al -Ma'mun en Bagdad en el siglo IX.  En esta escuela fueron traducidas al latín o al romance toda suerte de obras árabes sobre matemáticas, astronomía, medicina, alquimia, física, ciencias naturales y filosofía; y un gran número de ellas lo fueron por Dominicus Gundisalvus y Gerardo de Cremona, entre otros.  El primero ocupó el puesto de director de la Escuela de Traductores fundada por Raimundo, y al segundo (1114 - 1184), nacido en Italia, se le atribuye haber traducido al latín unas setenta obras sobre diversos temas.  También hubo otros traductores, como Juan Hispano, un judío converso.

Toledo se convirtió en La Meca de los eruditos y allí residían Abelardo de Bath y Miguel Escoto, ambos ingleses, y Pedro el Venerable, abad de Cluny.  Sus actividades junto a las de otros, introdujeron un período de gran interés intelectual, que tuvo inmensas repercusiones en el desarrollo del pensamiento occidental.  Les siguieron Alfonso X, Raimundo Martín (1230 - 1286), "cuyo conocimiento de los autores árabes no ha sido igualado en Europa, posiblemente, hasta la época actual", y Ramón Lull (1235 - 1315), que dominó el árabe escrito y hablado y fundó una escuela de estudios orientales.

Ya en el siglo XIII, había sido resucitado el clasicismo a través del árabe, y Aristóteles recuperó el lugar que le correspondía en el pensamiento occidental, convirtiéndose en una autoridad inferior solamente a la Biblia.  Esta admisión del clasicismo y de los elementos árabes en la filosofía, la medicina, la astronomía, las matemáticas y otras disciplinas, es sumamente interesante, y da una nueva perspectiva a la herencia clásica y el saber árabe.

Es importante señalar que la actitud del Occidente del siglo XIII hacia el Islam como religión siguió siendo amarga y negativa, mientras que la actitud hacia el saber árabe fue más y más positiva.  Este cambio implicó la aceptación de la herencia clásica, hasta entonces prohibida por la iglesia y ahora disponible principalmente debido a la traducción de libros árabes el latín y otras lenguas europeas.  Estas dos actitudes, al parecer contradictorias -el antagonismo al Islam y la simpatía por el saber árabe- son evidentes en los escritos de tres importantes representantes del siglo XIII: Alfonso X (1226 - 1288), Tomás de Aquino (1225 - 1274) y el Dante (1265 - 1321).  Estos hombres fueron ante todo cristianos que concibieron el Islam como una falsa religión fundada por un hombre ignorante y falto de escrúpulos; y, sin embargo, su deuda con los escritos árabes fue inmensa.  Alfonso X nació en Toledo, centro, desde hacía tiempo, de la cultura árabe, incluso tras su caída en manos cristianas; y estuvo en contacto con musulmanes, judíos y cristianos que conocían a fondo la cultura arábiga, y que se dedicaban a la tarea de traducir obras árabes al romance, o a resumirlas.  Debido a estos esfuerzos culminó el proceso de transmisión.  Alfonso X fundó una escuela en Sevilla, en la que los estudios árabes tuvieron un lugar preeminente en el plan de estudios; pero su éxito más destacado fue la traducción de obras árabes, no sólo al latín, sino también al romance y al francés.  Entre las principales obras traducidas bajo su protección podemos mencionar el libro de fábulas Kalilah wa-Dimnah, obras de astronomía y el Mi'rach (la ascensión de Mahoma a los siete cielos).

La perspectiva intelectual de Alfonso X se manifiesta claramente en sus escritos y en las obras llevadas a cabo bajo su protección, que reflejan el saber enciclopédico árabe de la época y abarcan la historia, astronomía, mineralogía, astrología, poesía, juegos y equitación.  Su dependencia de las obras árabes es evidente en sus Cantigas y en los libros de astronomía, astrología, ajedrez y otras materias.

En su Summa contra gentiles, Tomás de Aquino formula graves dudas contra las profecías de Mahoma, y describe a los árabes como "hombres brutales que viven en el desierto", aunque conscientemente cita autores árabes, e inconscientemente asimila sus opiniones.  Estuvo claramente influenciado por los filósofos árabes en el intento de reconciliar la fe y la razón -tema del que ya se ocupó en Oriente al-Kindi en el siglo IX, y en al-Andalus Ibn Hazm en el siglo XI, y Averroes y Maimónides más tarde.

Dante refleja este antagonismo al Islam y la simpatía por el pensamiento árabe en la Divina Comedia y en el resto de sus obras.  Por un lado condena al Infierno a Mahoma, junto a aquellos que habían sido causa de discordia y lucha, en un lugar lleno de sangre donde los pecadores exhiben sus heridas.  Despoja al Profeta de toda dignidad.

    No se ve tan vacío un tonel que ha perdido las tablas de su fondo como vi a uno de los condenados abierto todo desde la barba al pubis.  Colgábanle los intestinos entre las piernas y la asquerosa parte del vientre que convierte en mierda lo que se come.  Mientras que fijamente estaba contemplándole, miróme, y abriéndose el pecho con la manos dijo: "Mira cómo me desgarro, mira a Mahoma cuán despedazado está".

Por otra parte, aunque también trata duramente a algunos de los seguidores de Mahoma, muestra una consideración especial por otros, como Salah al-Din y los dos grandes filósofos musulmanes Ibn Sina (Avicena) e Ibn Rushd (Averroes), a los que coloca en el Limbo, "una noble ciudad" para unas nobles cuya única culpa fue la falta de bautismo.  Aquí, esos "virtuosos" musulmanes se hallan junto a los grandes pensadores de la antigüedad, como Tales, Anaxágoras, Heráclito, Demócrito, Sócrates, Platón, Zenón, Tolomeo, Galeno y otros.

Esta tolerancia para con los grandes hombres de la antigüedad en general, y en particular con ciertos pensadores musulmanes, es ciertamente una desviación de la condena absoluta anterior; y, por lo menos, reconoce el mérito del saber árabe.  De hecho, el propio Dante debió de ser consciente de que el tema de su Divina Comedia estaba inspirado en una leyenda árabe describiendo el Mi'rach.

A este respecto, es interesante mencionar que el gran erudito español Asín Palacios provocó una conmoción en los círculos académicos con la publicación, en 1919, de La escatología musulmana en la Divina Comedia, en la que sugiere que la clave de esta obra puede hallarse en la literatura árabe, especialmente en el Mi'rach.  La controversia que provocó esta sugerencia duró casi una década y se calmó solamente cuando los eruditos Muñoz Sendino, español, y Ceruli, italiano, presentaron más pruebas en defensa de la tesis original de Asín Palacios.  La posibilidad de tal lazo entre la obra del Dante y la leyenda musulmana estaba lejos de ser remota, ya que el Mi'rach, en una versión muy adornada, estuvo de moda en España y Sicilia, dos lugares con los que Dante tuvo contacto directo o indirecto.  Él mismo visitó Sicilia y le eran familiares las principales figuras musulmanas; su maestro Brunetto Latini residió durante algún tiempo en la corte de Alfonso X, el cual tradujo e incluyó el Mi'rach en su Crónica General.  Asín Palacios señaló además el estrecho paralelismo de las dos obras: tanto Mahoma como el Dante despiertan de un profundo sueño y emprenden sus viajes acompañados por un guía, y ambos narran sus aventuras en primera persona.  También existen similaridades entre los castigos a idénticos pecados, y en la descripción de lugares y situaciones.  Algunos detalles se parecen a otros que encontramos en al-Futuhat del gran místico Ibn Arabi.

Alfonso X, Tomás de Aquino, el Dante, Roger Bacon y Alberto Magno son sólo algunos de los muchos pensadores occidentales que citaron profusamente a autores y temas árabes desde el siglo XIII al XVII; y, en efecto, muchas obras árabes de las que ha desaparecido el original, aún existen en versiones latinas o hebreas.  Todo esto sugiere una amplia familiaridad con el saber árabe, cuyos efectos pueden verse en los ámbitos social e intelectual.  No cabe duda de que por medio de la cultura árabe recibió Europa el ímpetu necesario para revivificar el clasicismo y para avanzar por el camino del desarrollo científico.  Esta transfusión se llevó a cabo en un período durante el cual el mundo musulmán comenzaba a sumirse en un estado letárgico parecido al que experimentó Europa antes del siglo XIII, sino que ahora las posiciones se habían invertido, y el Oriente Próximo permaneció inactivo hasta el siglo XIX, cuando empezó a revivir y a enfrentarse al Occidente imitando su progreso.

Aunque la investigación acerca del impacto de la cultura islámica en la occidental está aún sin perfilar en muchos aspectos, se pueden distinguir varios elementos en el pensamiento medieval de Occidente.  La lengua árabe es, quizás, el mejor medio para descubrir la transmisión e intercambio de ideas, ya que abarca una enorme cantidad de material que muestra la gran ósmosis cultural que tuvo lugar en tiempos medievales, y que aún hoy continúa.  La lengua muestra la amplitud de sus deudas y de sus contribuciones a un gran número de otras lenguas.  El español y el portugués, por ejemplo, tienen una enorme cantidad de palabras que, o bien son de origen árabe, o fueron transmitidas por medio del mismo.

Los elementos lingüísticos árabes no se abrieron camino en las lenguas europeas por simple casualidad, sino como consecuencia del intercambio social y los intentos conscientes de copiar una cultura superior, lo cual se logró gracias a la traducción de las obras árabes al latín, proceso que revolucionó el pensamiento del hombre occidental y su actitud antes las ciencias.  Se pueden mencionar algunos ejemplos en relación con esto.  En la época anterior al siglo XII, en la que las enfermedades eran consideradas en Europa como una maldición diabólica para las que era necesario un sacerdote que expulsase al demonio, la medicina se convirtió en ciencia entre los árabes, requiriendo una cuidadosa preparación y titulación, y liberándose de la superstición gracias a la experimentación y la observación.  Se construyeron hospitales en las principales ciudades del imperio, y la literatura médica era variada y amplia.  Libros como el Canon de Ibn Sina y el Continens de al-Razi fueron traducidos al latín y empleados en algunas universidades europeas como libros de texto en fecha tan avanzada como el siglo XVII.

En filosofía, las obras de al-Kindi, al-Farabi, Ibn Sina, Ibn Bachchah, Ibn Tufayl y Averroes llegaron a ser famosas en Europa y tuvieron una influencia considerable tanto en el Escolasticismo cristiano como en el  resurgir del estudio de la filosofía.

Tampoco pueden menospreciarse las contribuciones árabes a la geografía ya que, aunque algunos conceptos geográficos provienen de Tolomeo, se añadieron nuevas ideas a su conocimiento.  Aparte de la geografía teórica, los geógrafos musulmanes reunieron una vasta información nueva sobre lugares lejanos, sus gentes y costumbres; ilustrando sus obras con mapas, y describiendo detalladamente las carreteras, ríos, montañas y monumentos.  En el siglo XII, Roger II de Sicilia encargó a al-Idrisi de recopilar para él los conocimientos geográficos de su tiempo, y éste escribió un libro ilustrado con unos setenta mapas, que dedicó a su protector.  Los musulmanes advirtieron y aceptaron la redondez de la Tierra, a la que compararon con la yema de un huevo; hecho que puede haber tenido un papel importante en el descubrimiento de América.

La influencia árabe también se hizo sentir en las matemáticas y la astronomía.  Los números árabes, que deberían ser llamados indo-árabes, y el álgebra, que es una corrupción del vocablo árabe al-chabr, aún se emplean en todo el Occidente; y muchos términos de astronomía son también e origen árabe, como "Betelgeuse" (bayt al-chawza), "cenit" (al-samt) y "nadir" (nazir).

La influencia de la poesía árabe y del tipo de literatura de las bellas letras (adab) es evidente  en diversas literaturas europeas y en la española en particular.  La estrofa popular conocida como zéjel o muwashshah, que puede haber sido una invención andaluza, se parece en forma y contenido a las empleadas por los juglares españoles, franceses e italianos. El amor cortés halló elocuente expresión en el Tawq al-hamamah (El collar de la paloma) del brillante Ibn Hazm; y varios elementos de la obra aparecen en la temprana literatura española; el amor puro, la alcahueta, el sufrimiento de la separación y la sumisión del amado a la amada.

Quizá la más clara influencia árabe en los comienzos de la literatura española se halle en las fábulas, anécdotas, moralejas, proverbios y narraciones de carácter novelesco, épico y picaresco.

Relacionado con esto está el Kalilah wa-Dimnah, obra de origen indio consistente en fábulas, cada una de las cuales acaba con una moraleja, y que fue traducida a varias lenguas europeas (hebreo, latín, español, francés, etc.), influyendo al parecer profundamente en la literatura europea  en general y en la española en particular.  Esta influencia puede ser detectada en el Libre de les maravilles de Ramón Lull, El Conde Lucanor  de Don Juan Manuel (hacia 1282 - 1349), El Libro de los Gatos y  el Libro de los Exemplos de Sánchez de Vercial, y el Libro de Buen Amor de Juan Ruiz.  Dicha influencia se aprecia  también en la Disciplina Clericalis de Pedro Alfonso, consiste en proverbios y consejos.

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La Herencia Islámica ( hoja 2)