Bienvenidos a
También es importante el Sindbar, asimismo de origen indio, y conocido en España bajo el título de Libro de los engannos y assayamientos de las mugeres, cuya traducción más antigua fue hecha en 1253 por don Fadrique, hermano de Alfonso X,  y que apareció después en varias versiones españolas, y en hebreo, persa, turco, latín, italiano, alemán, inglés y francés.  Conocido a menudo bajo el título de Libro de los Diez Sabios o Diez Visires, el Sindbar consta de veintiséis narraciones que cuentan los engaños y astucias femeninos que tienen lugar alrededor de un rey que no tenía hijos.  Una noche soñó que tendría un hijo que sería afortunado tras un gran infortunio.  El sueño se cumplió, y el hijo le fue confiado a Sindbar, el cual se comprometió a enseñarle todo al joven en siete semanas, a condición de que el rey actuase de modo justo con sus vasallos, y consultase a sus visires antes de tomar decisiones.  Sindbar comienza a educar al muchacho, pero, adivinando un grave peligro para éste, le ordena no decir palabra pase lo que pase.  La desgracia ocurre al pasar el muchacho a través de harén y ser tentado por una madrastra apasionada. Él rechaza sus insinuaciones, pero ella le acusa de haberla deshonrado; y, conducido ante la justicia, es condenado a muerte.  Los visires interceden por él y ruegan se posponga la ejecución; y hablan al rey de los engaños de las mujeres, hasta que se descubre la verdad.  El muchacho es declarado inocente y se le concede el poder de gobernar, mientras que la concubina es exiliada o ejecutada.  La moraleja de la narración es que no se puede confiar en las mujeres.

La historia de Barlaam y Josafat, que trata  de la leyenda de Buda, parece haber influido en El Libro de los estados de Don Juan Manuel.  Se trata de una leyenda formada por parábolas, y que tiene como objeto el amor espiritual y la abnegación.  El padre de Buda era un rey que predijo que su hijo sería un hombre famoso, y ermitaño; e intentó evitar esto último encerrándole en el hermoso jardín del palacio rodeado de toda clase de distracciones y deleites, haciendo que se olvidase del sufrimiento y la miseria humanos.  Pero un día, Buda salió de su encierro y vio un hombre enfermo, otro al que llevaban a enterrar y un mendigo.  Entristecido ante estos hallazgos, comenzó a reflexionar acerca de la vida y sus tribulaciones, convirtiéndose en ermitaño con la esperanza de llegar a conocer el auténtico sentido de la existencia.

No puede dejar de mencionarse Las mil y una noches, que tan de  moda estuvo en Europa, ni olvidar las muchas leyendas e historias traducidas del árabe al aljamiado y que eran corrientes entre los moriscos.

En suma, hay mucho por hacer en el campo de los estudios hispano-árabes, y esta obra es sólo un intento de proporcionar un informe descriptivo de la historia y la cultura de la España musulmana, con la esperanza de que conduzca a ulteriores estudios de muchos aspectos importantes de la España medieval.  Se ha prestado especial atención a hechos básicos que, esperamos, permitan al lector hacerse una idea clara de la dimensión y profundidad de los estudios hispano-árabes y su significado para la historia de España en particular y la de Europa en general.  Por razones obvias, la especulación, la interpretación y la teoría no entran dentro del objetivo inmediato de esta obra, y se han reducido al mínimo, aunque no podemos dejar de mencionar la diferencia de opiniones de los arabistas españoles en lo tocante al pasado árabe de su país.  La obra de Monroe proporciona una amplia información sobre la erudición española en este campo, y la diversidad de pareceres acerca del período árabe.  Algunos dicen que si al-Andalus produjo algo digno de mención, se debe al elemento español, con la exclusión de todo lo demás.  Otros que están dispuestos a reconocer algunos aspectos positivos de los musulmanes, lamentan las desdichadas consecuencias de la presencia árabe en el carácter español y el curso posterior de la historia de España.  La religión y el nacionalismo oscurecen los hechos históricos para aquellos eruditos que tienden de modo arbitrario a sublimar un período histórico en detrimento de otro, para acomodo de sus ideas preconcebidas.  Por otro lado, los arabistas españoles pertenecientes a la escuela de Codera han aportado diversas contribuciones al tema con una comprensión y objetividad que les hace merecedores de la gratitud de la erudición.  Admiten que el período árabe de la historia de España no fue estéril a fin de cuentas, y que tuvo una enorme importancia, influyendo en la literatura, la cultura y el propio carácter español.

Al-Andalus produjo una brillante cultura a la que dieron forma y dimensión multitud de elementos étnicos y figuras importantes.  Los Abd al-Rahamanes, al-Hakam II e Ibn Amir fueron grandes estadistas, cultos y refinados, sin igual en ningún otro país europeo de su época.  Fueron elegidos del destino que tuvieron un importante papel en la historia de al-Andalus, y cuyo impulso estuvo inspirado por el Islam y el árabe y por los hechos históricos de sus equivalentes musulmanes en el Este.  Por consiguiente, el norte de España y el sur de Francia tuvieron poco que ofrecerles.  Produjo también la España musulmana gigantes intelectuales que harían honor a cualquier cultura o país, y cuyo ingenio no tuvo nada que ver con su arabismo o su hispanismo, sino que debe su inspiración y guía a la corriente de la cultura islámica  -que, a pesar de su gran variedad, gozó de una considerable unidad a lo largo y lo ancho del mundo musulmán.  Esos hombres fueron el claro producto de aquella cultura que rebasó cualquier consideración étnica o biológica.  Dicho de otro modo, uno puede preguntarse cuál fue la causa del desarrollo de los grandes centros urbanos de Córdoba, Sevilla y Granada, que tuvieron sus equivalentes en el mundo musulmán en ciudades como el Cairo y Bagdad, en una época en la que no se encuentra nada comparable en Francia, Alemania o demás países europeos.  ¿Existió acaso en el norte de España o el sur de Francia alguna figura comparable a Ibn Hazm, Ibn Tufayl o Averroes? La realidad de la historia es que hubo una cultura islámica dominante en la España musulmana, que se nutrió del espíritu del Islam y de la magia de la lengua arábiga, y que fue capaz de absorber e integrar diversos elementos de varios pueblos y culturas.  Una mirada a la Alhambra revela al observador tres cosas fundamentales: es andaluza vista a cierta distancia, islámica cuando se mira de cerca y universal por la multiplicidad de magníficos detalles inspirados en y provenientes de fuentes no islámicas.  En cierto modo es un microcosmos de al-Andalus.

Esto nos conduce a la cuestión de la identidad y la personalidad, las cuales poseía        al-Andalus, aunque permaneció esencialmente musulmán en cuanto a su enfoque durante la mayor parte de la duración de la presencia musulmana.  A pesar de ser independiente políticamente del resto del Islam, nunca se rebeló en contra de sus ideales y valores en un sentido religioso o intelectual.  Incluso cuando alcanzó la independencia cultural del Este durante el siglo XI, nunca cesó de formar parte integral de la sociedad islámica, y los andaluces siguieron viajando a Oriente y estableciéndose en muchos lugares del mundo musulmán.  Exploraron el norte de África y llevaron con ellos la técnica y los conocimientos de su brillante cultura andaluza; y su postura no fue muy diferente de la de muchos estados independientes o semiindependientes que existieron en el ámbito musulmán.  A pesar de su vulnerabilidad a los ataques cristianos, permaneció fiel a un ideal, y luchó hasta el final contra fuerzas muy superiores.  Mucho después de la Reconquista, los moriscos seguían desafiando las duras medidas de los inquisidores.

Pero la identidad y la personalidad de al-Andalus se reflejan en varios  campos: en la fluidez y expresividad de sus literatos y poetas, que a menudo fueron superiores a los orientales; en el lirismo y el amor a la naturaleza, que expresaron en una poesía hermosa y sentimental, ya sea en su forma clásica o popular; en la individualidad de sus artes y su arquitectura, que inspiran asombro y respeto por un algo terreno y a la vez majestuoso y sublime; y en un espíritu de libertad que raya en la rebeldía.  Pero esta individualidad fue producto de la diversidad: árabes, beréberes, mozárabes y judíos contribuyeron a su formación, haciendo de al-Andalus un importante centro cultural en territorio europeo, y al mismo tiempo un puente entre el Oriente islámico y el Occidente cristiano.  En diversos grados fueron portadores de una gran cultura, a pesar de la constante animadversión que caracterizó a las relaciones entre la Cristiandad occidental y el Islam.  Las repetidas guerras dentro y fuera de al-Andalus no impidieron el intercambio constructivo entre las dos religiones contrarias, que, de hecho aprendieron mucho una de otra a lo largo de un dilatado período.  El viajar a y desde al-Andalus no requería pasaporte, ni estaba obstaculizado por la vigilancia de guardias fronterizos o los caprichos de ministerios de relaciones exteriores.  El intercambio fue el resultado de la relaciones sociales, económicas, comerciales, diplomacias y culturales.  La Cristiandad fue un discípulo reacio cuando el Islam ostentaba la superioridad y viceversa.  Finalmente, ante el amplio cultivo de la geografía por los musulmanes, la noción común de la redondez de la Tierra, la extensión de los viajes a través del mundo entonces conocido, la técnica de la confección de mapas, el abundante empleo del astrolabio y del compás y las intensas actividades comerciales en el Mediterráneo y el Atlántico, uno puede preguntarse con justicia por las razones tras las hazañas de un Magallanes (hacia 1480-1521), o un Colón (1446-1506).  En esta y otras áreas de transmisión, al-Andalus tuvo un papel importantísimo -que no puede ser menospreciado por nadie en el campo de la historia, la literatura comparada, la historia del arte, la música y las ciencias en general.     


1         2         3
La Herencia Islámica ( hoja 3)