Bienvenidos a
Desde hace más de veinte años y de manera regular, diversos organismos (universitarios, diplomáticos y de prensa) me piden que trate el tema de -La imagen del Mundo Árabe en la prensa francesa-, e incluso -La imagen del Mundo Árabe y del Islam en los medios europeos-.  Si tuviera que hacer un balance rápido sobre la imagen del mundo árabe y del Islam en los medios europeos, diría que esta imagen es, salvo raras excepciones, más bien negativa, por no decir pésima.  Sin embargo, el tratamiento global de la información, respecto tanto del Mundo Árabe como del musulmán, ha mejorado en los últimos 25 años, tanto desde el punto de vista cualitativo como cuantitativo, es decir, a partir de la guerra de los  Seis Días, en 1967, con la salvedad de la crisis y la guerra del Golfo en 190-1991, que dio lugar a una manipulación sin precedente por parte de los medios, manipulación de la que los periodistas occidentales fueron, en su mayoría, las primeras víctimas pero también, los cómplices.

Antes de entrar de lleno en el tema -Los medios y los malentendidos euroárabes-, quisiera formular aquí ciertas reflexiones sobre los medios de información y sobre el oficio de periodista, con el fin de evitar las ambigüedades y las confusiones.  Lo primero es que, se quiera o no, nos encontramos en una era mediática; de ahí en más es necesario conocer sus reglas y controlarlas si se pretende no ser un marginal ni un desconocido.  Lo segundo es que los medios reflejen su entorno y las relaciones de fuerza que existen en el mundo; que pueden ser, como se suele decir, -el cuarto poder-, pero no son el Poder, ¡quiero decir el poder político!  El tercero es que los medios están en el corazón de los sucesos; pueden ocultar, minimizar o exagerar su resonancia, pero salvo casos muy raros, no los crean.

Otra observación: en general, el público exige objetividad por parte del periodista. Esta es una noción ambigua.  Me parece evidente que un universitario, un diplomático, un economista y un periodista no analizarán de manera idéntica los  hechos que se produzcan en el Mundo Árabe. Así mismo, el juicio que dos hombres políticos europeos podrán aportar -juicio del cual la prensa se hará eco- dependerá menos de su posición política que del nivel de conocimiento que cada uno de ellos tenga del mundo árabe y de  la importancia que otorgue a las relaciones entre éste y su propio país.  Así mismo, es evidente que estos diferentes especialistas no pueden percibir lo que sucede en la orilla sur del Mediterráneo de la manera en que lo hacen sus colegas árabes, con sensibilidades nacionales y convicciones ideológicas diferentes.

Desde luego aquello que puede y que debe exigirse de un periodista, tanto del Norte como del Sur, es que sea honesto, riguroso, exigente.  En síntesis, que se conduzca como profesional de la información, no como militante, propagandista o funcionario enquistado en un régimen o en un poder.

Las cuatro imágenes del Árabe

Desde los comienzos de la Guerra de Argelia, en 1954, y la expedición de Suez, en 1956, la representación que los Europeos hacen -en general- de los  Árabes se reduce a cuatro imágenes esquemáticas:

1.- El terrorista, trátese de un fellaga argelino, de un fedayín palestino o de los secuestradores que surgieron después de detonado el conflicto libanés en 1975;
2.- El pobre trabajador inmigrante poco cualificado, considerado inculto, si bien se puede ser analfabeto y portador de cultura;
3.-    El rico Emir del Golfo, que surgió como resultado del primer boom petrolero, en 1973, y
4.-    El integrista fanático que aparece después de la victoria de Jomeini en 1979, en Teherán, se define con la Guerra de Afganistán y se confirma con la subida del Islamismo, sobre todo en Egipto y en Argelia.

Una cierta confusión existe también entre árabes, iraníes, afganos, turcos y otros musulmanes.  ¿La prensa es, acaso, responsable? No lo creo.  Los periodistas europeos se han esforzado por distinguir correctamente a los diferentes pueblos, así como por señalar que todos los árabes no son musulmanes y que todos los musulmanes no son árabes.

Para ilustrar esto tomaré tres ejemplos franceses: una primera encuesta sobre la imagen de los árabes fue encomendada en 1984 por el Instituto del Mundo Árabe (IMA) a SOFRES.  Asustados a causa de ciertas respuestas, los embajadores árabes, miembros del Consejo de Administración del IMA, se opusieron a su difusión, en particular en la prensa.  No se puede sino lamentar dicha reacción, puesto que, en su conjunto, la encuesta era equilibrada y su publicación habría ayudado precisamente a combatir las imágenes negativas, debidas en general a la ignorancia.

Según otro estudio realizado en 1987, el 55 por ciento de los franceses interrogados consideraban al Islam como un factor de Guerra.  Finalmente, una tercera encuesta fue encargada por Le Monde, la VIE, y RTL al Instituto Francés de Opinión Pública (IFOIP). Esta se basó en los musulmanes de Francia, de los cuales más del 50 por ciento son originarios del Mundo Árabe, principalmente del Magreb. De este interesante estudio resultaba que más de dos franceses sobre tres tenían una imagen negativa del Islam.  Por el contrario, y debe señalarse, nueve de cada diez musulmanes estimaban que su religión era compatible con su integración en la sociedad francesa.

Los malentendidos históricos y culturales

¿Cómo hacer para no preguntarse sobre las causas de esta imagen negativa?  En realidad, son múltiples, y me parece que las responsabilidades se encuentran repartidas, aunque todavía no lo suficiente, entre el Norte y el Sur.  Existen indudablemente, nudos de incomprensión resultantes de la historia y de la manera en que se enseña (Conquista musulmana, cruzadas, reconquista, expansión otomana, colonización, guerras de independencia como la de Argelia…).  Otros están ligados al Imaginario colectivo, y aún más, a la ignorancia de la cultura del Otro.  De ahí la importancia de la enseñanza y de los medios.

Desde tiempos inmemoriales, el Mediterráneo ha sido una zona de confrontación y encrucijada de relaciones.  Curiosamente, los libros de historia y la memoria de los pueblos retienen con más facilidad los conflictos que los intercambios culturales.  Sin embargo, sólo Dios sabe hasta qué punto estos últimos han sido numerosos y constantes: el problema es que sólo una de las orillas lo recuerda y, como si fuera poco, ¡de manera selectiva!.
En este mar casi cerrado, cuna de tres religiones monoteístas y hogar de múltiples civilizaciones, los conflictos no impidieron jamás a los navegantes, comerciantes y hombres de ciencia el circular por sus aguas.

Los  europeos en general, y en particular los del Sur, se consideran herederos de la civilización greco-romana.  Esto es como olvidar todo lo que Grecia debe a Oriente, sobre todo a Egipto. Los griegos del período clásico no dudaban en reconocer su deuda frente a  la civilización faraónica. Yo resumiría esta idea de la siguiente manera: los templos griegos son los hijos -a escala humana- de aquellos que en una dimensión divina y colosal son Luxor y Karnak.  No hace mucho tiempo, en todo caso después de la creación del Estado de Israel, en 1948, los europeos se referían aún a la herencia judeocristiana, olvidando una vez más todo lo que estas dos religiones deben a Oriente.  Sin embargo, la tercera parte de esta herencia, aquella que corresponde a la civilización árabe o árabe-musulmana, ha sido prácticamente ocultada, y sólo reconocida por los especialistas, salvo sin duda en el caso de España, ya que durante cinco siglos -del VII a XII- la civilización árabe se encontró en la cima de la modernidad en lo que se refiere a Matemáticas, Astronomía, Química, Medicina y Filosofía.  Sin su aporte, sin las traducciones realizadas en Andalucía y Salerno, nuestro Renacimiento no hubiera sido lo que fue.

Enseñar esto en las escuelas y las universidades europeas me parece indispensable, ya que contribuiría a arreglar ciertos malentendidos y a modificar la visión que tenemos sobre nuestros vecinos del Sur.  Porque ¿quiénes son ellos?

Aun aquí tomaría yo algunos ejemplos franceses por cuestiones de comodidad.

El capítulo sobre el Islam de los manuales escolares contiene numerosos errores, aproximaciones, juicios de valor erróneos; aceptando incluso lo mucho que los editores han mejorado el capítulo de historia de quinto año, a causa de una serie de críticas publicadas en 1984 por la Asociación Islam y Occidente.

De cualquier manera, salvo por una intención explícita de especializarse en la lengua y culturas árabes, un estudiante puede pasar varios años en la universidad sin saber nada de las grandes figuras de la civilización árabe.

Sería sin embargo más normal que a instancia de Spinoza o de Kant, Averroes o Ghazali sean inscritos dentro del programa de la filosofía; que Ibn Haldum lo fuera en Historia, Naguib Mahfouz en letras modernas, y así sucesivamente.

Creo que la situación no varía demasiado en los otros países europeos.  Ya he dicho que los periodistas reflejan su entorno. Ellos reflejan también su universidad. En Francia, hace diez años, podían contarse con los dedos de la mano los periodistas que tenían un conocimiento profundo del Mundo Árabe, de su civilización, del Islam y de los cristianos de Oriente, antes de convertirse en especialistas. A decir verdad, todos  aquellos especialistas -principalmente Edouard Sablier, Eric Rouleau, Georges Henein y yo mismo- habíamos ya vivido en Cercano Oriente y hablábamos el árabe.

Para empezar, la situación de la orilla Sur es muy diferente, en la medida en que las elites conocen por lo menos una de las lenguas europeas, y además varía mucho de un país a otro según cuente o no con una minoría cristiana. De una manera general la presentación de la cultura (cristiana) europea se hace a la altura del Islam, que es, de todas maneras, valorado.

Los juicios de valor, más bien críticos, se cargan sobre el Occidente considerado como históricamente expansionista (Roma, las cruzadas, la colonización); la conquista musulmana no se juzga como tal puesto que llevaba consigo el Corán, palabra de Dios.

Las grandes corrientes del pensamiento occidental fueron conocidas y estudiadas a partir de la Nahda (el Renacimiento árabe), del siglo XIX.  De cualquier manera, la influencia de la Nahda en la modernización del mundo musulmán después de un largo período de decadencia fue largamente discutida por los integristas musulmanes.

Los malentendidos políticos y económicos

Ya en el siglo XX, numerosos factores conforman el origen de las tensiones y los malentendidos euro-árabes; tensiones que encuentran su eco en los medios de  comunicación de las dos orillas. Entre estos factores, uno de los más importantes (a causa de las consecuencias que aún hoy se dejan sentir) es el desmantelamiento del Imperio Otomano al final de la Primera Guerra Mundial. En realidad, la repartición de las zonas de influencia entre ingleses y franceses había comenzado ya en  1915/16 con los acuerdos de Sykes-Picot; ahora bien, los británicos habían prometido al Cherif  Hussein de La Meca, tatarabuelo del Rey de Jordania, la constitución de un -reino árabe-.  La repartición se llevó a cabo, previa promesa, en 1917, de -un hogar Nacional Judío- en Palestina por parte de Lord Balfour.

Todo esto se concretó con el Tratado de Sevres (1920), que preparó la vía a los mandatos que la SDN confiaría a Francia en Siria y Líbano, y a Gran Bretaña en Palestina y en Irak. Dentro de este tratado, los poderosos prometían un Estado a los Armenios y la autonomía a los Kurdos.

El Tratado de Lausanne (1923) borró estas promesas, y los resultados apenas comienzan a verse ahora.  Y no hago mención del Tratado de Uqair (1922), dictado por Sir Percy Cox, Alto Comisario británico para Arabia, Kuwait e Irak, conteniendo ya el germen de la guerra del Golfo.

Los malentendidos se multiplicaron con las luchas por la independencia en el Cercano Oriente y el Magreb.  Los magrebíes, que habían participado en la guerra contra la Alemania nazi y en la liberación de varios países de Europa, no habían comprendido en 1945 que París no había hecho ninguna seña de gratitud ni de reconocimiento de su soberanía. Ahora bien, a no ser por periódicos tales como Tèmoignage Chrétien y algunos órganos de izquierda, la prensa francesa y europea ha ocupado su tiempo en admitir y en defender el derecho de esos pueblos a su independencia.

Igualmente, sensibles al holocausto de los judíos en los campos de concentración nazis, las potencias europeas sostuvieron la creación del Estado de Israel en 1948, sin preocuparse demasiado por los Palestinos. El tema les preocupó tan poco que Francia, Gran Bretaña y España se abocaron a hacer frente a la ola nacionalista que recorría el Cercano Oriente y el Magreb y que se acompañaba de nacionalizaciones del petróleo en Irán, por Mossadegh en 1951; de la Compañía Universal del Canal de Suez, por Nasser en 1956; de nuevo del petróleo, por Kassem en Irak, en 1961; etcétera.  En estos casos,
y a excepción de ciertos órganos militantes o especializados, la prensa estuvo del lado de los israelíes más que de los árabes, y del de los regímenes conservadores más que del de los dirigentes nacionalistas.

Paradójicamente, estos nacionalistas, acusados de -dictadores-, eran tan modernistas que pretendían asegurar el desarrollo de su país inspirándose en el modelo europeo.

Los franceses tienen tendencia a no ver en la Revolución Francesa sino los aspectos positivos (democracia, derechos del hombre, etc.), y a olvidar sus derivados: el Terror, el jacobinismo excesivo, el bonapartismo.

Así las cosas, Ataturk en los años 1920; Nasser, Kassem y Boumedian en los años 1950-1970 y Kadafi, Hafez el Assad y Sadam Hussein después, se han referido implícita o explícitamente al jacobinismo y al bonapartismo, y, en todo caso, lo han puesto en práctica. Para defender sus intereses económicos a corto plazo y porque no apreciaba de ninguna manera que su espejo del Sur le devolviera el lado negativo de su propia imagen, Europa combatió las tentativas de casi la totalidad de los dirigentes modernistas árabes, desalentando las tentativas unitarias bajo riesgo de favorecer, sin querer, la subida de la ola islámica.

Paralelamente, Washington creó una alianza estratégica con Arabia Saudita desde el comienzo de la explotación del petróleo en los años 1930. Esta alianza fue reforzada durante la Segunda guerra mundial, y desde entonces Estados Unidos ha sostenido la mayoría de los regímenes y de las organizaciones islamistas.  Para los Estados Unidos, estas fueron una rampa contra los partidos comunistas y una defensa frente a la Unión Soviética; además le hacían la vida imposible a los dirigentes nacional-modernistas que denunciaban al -imperialismo americano- en su plano político y económico. Por añadidura, hay que decir que, hasta la  guerra del Golfo en 1991, la mayor parte de los movimientos islamitas se situaron en la corriente ideológica del wahhabismo saudita y fueron financiados por Riyad.

Curiosamente, y hasta hace poco, los estudios universitarios -al menos en Francia- no abordaban el tema de las relaciones entre los movimientos islamistas, por una parte, y Arabia Saudita y los Estados Unidos, por otra, sino de manera muy soslayada.

Los medios de comunicación, y la televisión en particular, fueron todavía más silenciosos.  ¿Fue a causa de que Riyad era un aliado de Occidente y sobre todo un gran comprador de armas? ¿Fue porque su acción y su diplomacia fueron más secretas y más discretas que aquellas del Irán de Jomeini, con quien la política fue abiertamente provocadora?

Sea como sea, habrá que esperar hasta 1989 y dos capítulos de L'Europe et l'Orient, -Sionisme et wahhabisme: nationalisme juif et nationalisme musulman- y -L'emergence de l'Etat wahhabite: la Victoire du désert sur la ville-, para que finalmente los hechos sean expuestos y los análisis pertinentes, propuestos.

Desde entonces, y al quedar en evidencia a partir de la Guerra del Golfo en 1991, los lazos existentes entre los movimientos islamistas -entre los que contaban el Frente Islámico (Argelia), La Nahda (Túnez), los Hermanos Musulmanes (Jordania), etc.- la prensa escrita rompió su silencio y los universitarios siguieron el mismo camino.  Por el contrario, la televisión francesa persistió en el mutismo.

El General De Gaulle, logrando la aprobación por referendum de la Independencia de Argelia (1962), adoptando las posiciones que se sabe respecto de la guerra de los Seis días (1967) y tomando otras y diversas iniciativas, volvió a la política tradicional del Estado francés, cuyos principales ejes fueron, desde Francois I. Europa y el Mediterráneo, y dentro de éste, el mundo árabe-musulmán.

Su  política tuvo repercusiones en la CE e incitó a la prensa francesa y europea a interesarse más por el Mundo Árabe, e impulsó a este último a que viera en Europa una tercera vía entre los dos bloques hegemónicos de la época: Estados Unidos y la Unión Soviética.  Fue bajo este espíritu que en 1973, y después de la primera crisis del petróleo, se instauró el diálogo Euro-árabe.

Desgraciadamente, este diálogo fue también una fuente de malentendidos.  Debía implicar tres áreas: política, económica y cultural.  Sólo la tercera conoció un principio de concreción, en 1983, gracias al Coloquio de Hamburgo.  Las dos restantes quedaron en el olvido.  En efecto, los europeos querían dar privilegio al aspecto económico a causa del petróleo e ignorar o minimizar las cuestiones políticas, sobre las cuales los árabes pretendían poner el acento en el problema palestino. Los medios de comunicación del Norte y del Sur comenzaron por reflejar las posiciones respectivas a los dos campos; sin embargo estos temas dieron lugar a múltiples debates tanto a nivel político como en la prensa.  Si bien esto trajo como consecuencia un mejor conocimiento de la Cuestión palestina y del mundo árabe, los resultados políticos y económicos fueron escasos.
 




1      2
Los medios de comunicación y los malentendidos euroárabes    ( hoja 1 )                   Paul Balta