Bienvenidos a
Los malentendidos geopolíticos

En diciembre de  1989, después del fin de la guerra fría, el presidente Mitterrand intentó reactivar el Diálogo Euro-árabe: como presidente en ejercicio de la CE, reunió en París a los 22 ministros árabes de Asuntos Exteriores y sus doce homólogos europeos. La tentativa no tuvo futuro. De hecho, las ventajas que hubieran podido resultar fueron minimizadas por la crisis provocada por la invasión de Kuwait por Irak, el 2 de Agosto de 1990, y la rápida puesta en marcha de una coalición de 29 países bajo la égida de la ONU, en realidad, de los Estados Unidos.  En este asunto, Europa no ha sido sino una fuerza de apoyo en lugar de ser un factor determinante en una región que le interesa prioritariamente por razones políticas, históricas, económicas y culturales.

Ahora bien, es necesario decir que el papel de los Estados Unidos en el Mediterráneo, en el mundo árabe y aún más en el Cercano Oriente ha dado lugar, tanto ayer como hoy, a malentendidos de cierta talla.

En efecto, aunque amigos y aliados, los Estados Unidos y los Doce no tienen los mismos intereses en la región.  Sobre varios sectores esenciales -entre ellos el petróleo-  son competitivos y a veces francamente opuestos. Sobre el plan político, los norteamericanos han sido siempre hostiles al papel que la CE (o incluso alguno de los países europeos, en particular España, Francia e Italia) pueda jugar en la solución del conflicto árabe-israelí.

Es esto lo que explica que, entre otras cosas, Washington haya hecho lo posible en 1973-1974 para entorpecer el diálogo euro-árabe; Michel Jobert, entonces ministro de Asuntos Exteriores, no ha dejado de repetirlo desde hace veinte años.

Otro malentendido: la cuestión de los reagrupamientos regionales. En nombre del principio de -divide y vencerás- las antiguas potencias coloniales no favorecieron, hasta comienzos de 1980, las tentativas unitarias del conjunto del mundo árabe, o incluso y más modestamente, de cada  país.  Es cierto que la Liga Árabe fue fundada en 1945.  Sin embargo, no es más que una adición de Estados, y su papel queda limitado, mientras que sus miembros consideran, con deseo y temor, a la CE como una fortaleza levantada frente a ellos.

En 1981, frente al peligro que representaba el Irán de Jomeini inscrito en la primera guerra del Golfo contra Irak, norteamericanos y europeos vieron de buen grado la creación del Consejo de cooperación del Golfo (CCG), dominado por Arabia Saudita.  Por su lado, sus hermanos latinos, inquietos porque los efectos de la crisis favorecería, en el sur, la subida del Islamismo, alentaron la instalación de la primera Cumbre magrebí de la historia en junio de 1988 y el nacimiento de la Unión del Magreb Árabe (UMA) en febrero de 1989.  Una concertación se organizó rápidamente entre los cinco países magrebíes (Libia, Argelia, Túnez, Marruecos, Mauritania) y los cinco hermanos latinos (Portugal, España, Francia e Italia), a los cuales se incorporó Malta.

Esta cumbre fue aplazada sine die en razón del embargo impuesto a Libia y por la situación de Argelia, sin hablar de las consecuencias de la guerra del Golfo. En detrimento de las promesas americanas concernientes a la instauración de un nuevo orden mundial, esta crisis sacudió violentamente al Mundo Árabe: desde Irak a Marruecos, se encuentra dividido como no lo estuvo jamás desde la creación de la Liga Árabe, mostrando también la fisura existente entre la opinión pública árabe y la mayoría de los regímenes gobernantes, aun si dicha realidad fue parcialmente ocultada por los medios de comunicación, para no poner en una situación embarazosa a los gobiernos aliados de Occidente.

Esta crisis dio lugar, como ya he dicho, a una manipulación mediática sin precedentes, en particular de las cadenas de televisión.  Su tratamiento por los medios de Europa en general, y franceses en particular, ha provocado un sentimiento de ruptura psicológica y política entre la opinión pública de los países de la UMA y la de los estados de la CE.  Este sentimiento parece en vías de reabsorción, pero otro malestar se vislumbra con la subida del islamismo en numerosos países, en particular Egipto, pivote del Mundo Árabe, y en Argelia, columna del Magreb.

Los malentendidos científico-tecnológicos
y el Eje Báltico-Mediterráneo

Las causas del islamismo son múltiples: entre ellas, las cuestiones económicas y sociales ocupan la parte más importante. Los islamistas critican hoy en día el desarrollismo populista puesto en marcha por los dirigentes modernistas cuando se produjo su acceso a la independencia. Este tipo de desarrollo se basó en la industrialización que en la agricultura, y llegado el momento de ocuparse de esta última, fue para mecanizarla. El esquema, en sí, era lógico.  Los países árabes, incitados por Europa y los Estados Unidos compraron fábricas -llave en mano- sin antes darse los medios para generar su propio camino hacia la industrialización, lo que habría supuesto la elaboración de un camino de investigación científica y tecnológica propia.  No lo hicieron y Europa tampoco buscó la manera de alentarlos.  Después de 30 o 40 años de independencia, los países árabes han descubierto con consternación que dependen todavía más del extranjero.

Para fijar ciertas ideas, es bueno recordar que en el seno de la CE, Francia consagra el 2,4 por ciento de su PIB a la investigación científica y Portugal -recién llegado- el 0,6 por ciento.  Los países árabes no dedican más del 0,1 al 0,3 por ciento de su PIB a la Investigación y Desarrollo (Incluso las sumas inscritas en los presupuestos no se utilizan a causa de falta de infraestructura adecuada y de investigadores competentes).

Paralelamente, del 60 a 70 por ciento de las importaciones y de las exportaciones de los países del UMA se llevan a cabo con la CE; un 0,5 por ciento, con el África negra y alrededor del uno por ciento con los Estados Árabes del Cercano Oriente.

Sin embargo, los países europeos se equivocan si piensan que pueden conservar eternamente este porcentaje de los mercados, frente a la competencia de Asia y América.  Recordemos que Japón ha podido salir de sus límites compartiendo su savoir faire y contribuyendo así al surgimiento de lo que se conoce como los .Dragones de Asia. (Corea el sur, Taiwán, Singapur), que constituyen para aquel un cinturón de seguridad, aún habiéndose convertido en competidores.

Sin duda, se convertirán en competidores para los europeos si estos no reaccionan con rapidez. En efecto, Europa sufrirá, de buen o mal grado, las repercusiones que la desestabilización  política, económica y cultural pueda producir sobre la orilla sur, que por otra parte, ya ha comenzado. Una de estas repercusiones será una inmigración clandestina más fuerte, puesto que es imposible levantar una cortina de hierro sobre el Mediterráneo.

Desde luego, la pregunta que se plantea es la siguiente: ahora que la mundialización de la economía se ha vuelto realidad, Europa quiere hacer del Mediterráneo una zona de desarrollo regional, lo que implica que se estén consagrando a la constitución de un eje Báltico-Mediterráneo fundado sobre la cooperación; no una cooperación desigual, sino una cooperación concebida en términos de co-desarrollo entre iguales.

¿De qué manera reaccionan los medios de comunicación frente a estos problemas fundamentales que conciernen y comprometen nuestro futuro común? No debemos olvidar, por cierto, que Rabat, Argelia, Túnez y Trípoli están más cerca de Madrid, Marsella, París y Roma que de la Meca, Riyad, Bagdad y Teherán.  De hecho, salvo en ciertas revistas especializadas, los temas concernientes a Investigación y Desarrollo no sólo no han sido tratados sino ni siquiera abordados.

La posibilidad de una cooperación regional con vistas a hacer del Mediterráneo una zona de cooperación económica comienza a ser apenas vislumbrada. ¿No será esto una coartada?  Hablar del Mediterráneo permite no mencionar a los Árabes y al Islam, que tienen, como hemos visto, una pésima imagen.  Por mi parte, y a pesar de los vientos que soplan, pienso que el Mediterráneo tiene un futuro, con la condición de quererlo así; este concepto tiene la ventaja de integrar Israel, Turquía y los países europeos, desde Grecia hasta Albania, de los que siempre se olvida decir que son poco desarrollados o incluso, que están en  vías de desarrollo. Desde este ángulo, estos problemas no son casi tratados, salvo rarísimas excepciones, en los periódicos y la televisión.

Los malentendidos en la profesión

Comenzaría por la formación, que me parece capital. En Europa, demasiados directores de órganos de prensa y periodistas estiman, aún hoy, que no es indispensable saber árabe porque puede compensarse con el inglés o el francés (sobre todo en el Magreb y en el Líbano), y que el conocimiento de los países, de la gente, de las instituciones se hará al mismo tiempo que los reportajes; así y todo, las agencias de prensa, los diarios más importantes y, en menor medida, la televisión se esfuerzan por reclutar periodistas especializados. Los periodistas árabes en Europa saben por lo menos inglés, y suelen tener un conocimiento          -aunque superficial- del país al que son enviados como corresponsales, así como de sus instituciones.  Muy pocos periodistas árabes han tenido acceso a las becas de la Fundación de Periodistas de Europa.

En lo que a escuelas de periodistas se refiere, voy a tomar mis ejemplos de Francia, ya que los conozco bien y sé que son significativos.

La CFPJ, Centro de formación y de perfeccionamiento de Periodistas -la mejor escuela de Francia junto con la de periodismo de Lille- ha previsto, desde su creación en 1964, cuatro seminarios de profundización en el segundo año (geopolítica, política exterior, política interior y economía), consagrados cada uno a un tema.

Ahora bien, hasta 1985-1986, ni el Mundo Árabe ni el Islam habían sido incorporados, a pesar de la guerra árabe-israelí, el conflicto argelino, la expedición de Suez, la primera crisis del petróleo, la primera guerra del Golfo, etc.

Fue Daniel Junqua, director general, nacido en Argelia -donde fue corresponsal de Le Monde-, quien tomó la iniciativa de confiarme el seminario de geopolítica, cuyo tema era Islam-Mundo Árabe, previsto para un año, fue renovado gracias a la petición de los estudiantes, que encontraban allí la iniciación a un mundo que les era completamente desconocido.

Con un total de casi 35 sesiones que representaban 120 horas de curso -con la participación de periodistas, universitarios, diplomáticos, estrategas, etc., sin contar las prácticas y la lectura de obras fundamentales-, este seminario forma entre doce y dieciséis estudiantes por año, un buen número de ellos ha logrado conservar su especialización en los órganos de prensa para los que trabaja.

De igual manera se constituyó, bajo la iniciativa del CFPJ, una asociación de escuelas de periodismo en Europa; se desplegaron todos los esfuerzos para lograr suscitar la creación del mismo tipo de asociaciones en el Sur, para permitir a ambos organismos cooperar.  Pero esto no se ha conseguido. Así, la cooperación entre asociaciones y sindicatos de periodistas del Norte y del Sur se presenta difícil, puesto que no es muy bien recibida por los gobiernos árabes.

En París, las asociaciones que agrupan a periodistas franceses y árabes, no han logrado sobrepasar los dos o tres años de vida: se disuelven en la medida en que sus colegas árabes dejan de asistir a las reuniones.

Otra fuente de malentendidos: los dirigentes árabes reprochan a los medios europeos el no dar suficiente lugar al Mundo Árabe, o el presentar sólo sus aspectos negativos.  Estas reacciones reflejan la relación de los consejeros de prensa de las Embajadas acreditadas en las capitales de la CE;  ahora bien, hay que decir también que ellos mismos -en la mayor parte de los casos- no dominan siquiera la lengua del país en el que trabajan.

Aún cuando el reproche de los dirigentes árabes tiene un fondo de verdad, merece también ser tomado con pinzas.

Mis estudiantes del CFJ llevaron a cabo una encuesta seria, durante varios meses, con vistas al coloquio El lugar del mundo árabe en la vida intelectual y cultural francesa, organizado en el marco de las ceremonias que marcaron la inauguración del Instituto del Mundo Árabe, en París, a finales de 1987 y principios de 1988.  Una primera serie de encuestas consistió en analizar el contenido de un cierto número de órganos de prensa franceses concernientes al Mundo Árabe: diarios, semanarios, mensuales, radio y televisión. Estos estudios constituyeron una buena base de información y de reflexión. Una primera constatación: el tratamiento de la información y del análisis varía, en calidad y cantidad de acuerdo a la naturaleza de los medios. Son los semanarios y la televisión los que más dejan que desear.

Otro estudio recayó sobre la prensa especializada, que toca a un público más avisado, pero que no llega a quienes toman las decisiones y demás políticos.

La cantidad de órganos especializados concernientes al Mundo Árabe varía en cada país europeo, sin embargo no debe menospreciarse, en particular en Gran Bretaña y Francia.  En este último país citaré el trimestral Maghreb-Macbrek, que ha continuado a los Cabiers de l'Orient contemporains (1945-1969); la Revue d'etudes palestiniennes, creada en Beirut en 1963 y publicada en París desde 1981; los Cabiers de l'Orient (1986), trimestral y Arabies, mensual que aparece desde 1988.

La tercera encuesta se dirigió a las publicaciones árabes -diarias y periódicas- publicadas en Francia y en Londres.  Resultó que, en su gran mayoría, eran financiadas por un Estado Árabe, principalmente Siria, Irak y Arabia Saudita. Desde la segunda guerra del Golfo, los periódicos bajo el financiamiento de Irak han desaparecido de la circulación.  Hoy en día hay cierta cantidad de publicaciones, entre las que cuenta Al Hayat en Londres, que son controladas directa o indirectamente por capitales saudíes.

Este tipo de prensa, hay que admitirlo, -no tiene buena prensa-, y es considerada como una -prensa de propaganda- por los periodistas y políticos europeos. Encuestados por mis estudiantes, muchos periodistas árabes han admitido que carecían de rigor y por tanto de credibilidad. Salvo excepciones, estos periódicos no son citados por los medios occidentales. Es lamentable también que el mejor de entre ellos tampoco sea consultado (en particular Al Hayat), al menos por especialistas -periodistas, universitarios, hombres políticos y diplomáticos-, ya que, para aquellos que saben leerlos, constituyen una fuente real de información.

Al mismo tiempo, los satélites permiten versar un caudal de imágenes europeas y, más aún, norteamericanas hacia los países árabes vecinos, que pueden captarlas gracias a sus antenas parabólicas. La cultura -made in  USA-, ¿podrá suplantar la cultura mediterránea?

Debemos también lamentar y quejarnos de la manera en que las televisiones francesas y europeas ignoran las obras maestras del cine egipcio  y de otros países árabes.

Hubo en Francia algunas veladas marcando el final del Ramadam, animadas por Fréderic Miterrand, con algunos filmes como la Momie de Shadi Abdessalam y Halfaouine, de Boughedir, o -más-dos documentales Irak, 5000 años y seis semanas, de Annie Tresgot (France3) y El mundo del islam, sobre Arte, de Chantal Perrin y Marise Bergonzat; pero esto es más bien la excepción. Igualmente, el número de co-producciones de Films y de series de televisión franco y euro-árabes sigue siendo ridículo, y no porque el tema carezca de interés tanto para una como para otra orilla del Mediterráneo.

De esta manera, de nada sirve esconder las trabas y los obstáculos. Hay que admitir que la situación de los Derechos Humanos, de la libertad de expresión y de la práctica de la democracia deja mucho que desear en muchos de los países árabes.  En la mayor parte de los coloquios organizados en Europa o sobre la orilla sur, los periodistas no árabes formulan principalmente los críticas: la primera concierne a las dificultades que encuentran para poder realizar sus reportajes en los países árabes y musulmanes: rechazo de visados, trabas para la libre circulación, vigilancia más o menos discreta, retención de material de grabación y registro, censura o prohibición a los órganos de prensa para que publiquen los artículos considerados como -hostiles- o -no objetivos-, cuando en realidad lo único que hacen es entrar en los problemas reales.

La segunda va sobre las relaciones -juzgadas como decepcionantes- con los consejeros de las embajadas árabes: es cierto que su nulidad sobrepasa a veces la imaginación.  Los mismos periodistas árabes lo admiten: -nuestros políticos y diplomáticos no saben ponerse a la altura de los medios-.

Entonces, ¿qué soluciones pueden proponerse, fuera de las que ya he formulado? Estoy persuadido de que sería muy útil que se estableciesen relaciones de cooperación entre las organizaciones de periodistas de ambas costas. En una perspectiva a más largo plazo, sería de desear que la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación Mediterránea  (CSCM), propuesta por España, tenga por  fin lugar, y de tan buenos resultados como la CSCE.

Para terminar, y como conclusión, espero que este libro contribuya a una mejor comprensión entre las dos orillas, ya que sus destinos han estado ligados desde siempre, para lo bueno y para lo malo, tal y como la historia ha demostrado. Esperemos, entonces, que Ulises y Simbad acaben por navegar juntos, para llegar a -reinventar el Mediterráneo-, logrando así que este Mare Nostrum se convierta en Mater Nostra.



1      2
Los medios de comunicación y los malentendidos euroárabes     ( hoja 2 )                   Paul Balta